Señor Director:
Soy argentino, vengo de un país que ha elevado la burocracia a categoría de arte nacional. Llegué a Chile con la convicción del converso: acá las cosas funcionan. Y Chile, hay que decirlo, me dio una oportunidad real: una beca, una maestría, un horizonte. Por eso escribo esto sin rencor, sino con la perplejidad del que admiraba algo y lo ve resquebrajarse.
Tengo residencia temporal aprobada. Pero no tengo RUT ni cédula porque la web del Registro Civil no otorga turnos, por alta demanda. Fui presencialmente; me dijeron que no podían hacer nada. El resultado es kafkiano: soy un residente legal que en la práctica no puede residir del todo. Sin RUT no hay cuenta bancaria, sin cuenta no hay contrato, sin contrato no hay acceso pleno a servicios básicos. De facto, soy un inmigrante irregular, aunque los documentos digan lo contrario.
La ironía es que en Argentina siempre hay un resquicio. La burocracia allá es caótica, pero es humana en su caos. Chile, en cambio, parece haber importado la eficiencia del algoritmo sin su flexibilidad: el sistema falla con precisión fría y sin excepciones.
Sé que Chile atraviesa una presión migratoria real y que sus instituciones enfrentan demandas que no anticipaban. Pero hay una diferencia entre un sistema desbordado que busca soluciones y uno que simplemente cierra la puerta con buenos modales. Lo primero es un problema de recursos. Lo segundo es un problema de voluntad.
Chile se ha construido, con razón, una reputación de seriedad institucional en América Latina. Esa reputación no es un adorno: es un activo que tomó décadas edificar y que puede erosionarse con una rapidez sorprendente. Los que llegamos acá eligiendo este país sobre otros lo hicimos, en parte, porque creímos en esa seriedad. Somos testigos privilegiados de lo que Chile promete y de lo que, a veces, no cumple.
Kafka, que entendía de burocracias como nadie, nunca imaginó que sus pesadillas tendrían página web. Pero sí intuyó algo que sigue siendo verdad: lo más perturbador no es el sistema que te persigue, sino el que te ignora con total indiferencia, convencido de estar funcionando correctamente.
Mientras tanto, yo espero turno. O más bien, espero que el turno exista.
Santiago Francisco García Sanjurjo