Tenían que pasar nueve fechas en la Liga de Primera para que se viera, y por partida doble, tantos de tiro libre.
Los derechazos de Jeisson Vargas (La Serena) a Everton, y de Diego Céspedes (Ñublense) a Universidad de Chile, no solo exhibieron la gran técnica de sus ejecutantes, sino que, además, sirvieron para darles la victoria a sus equipos. Fueron, por tanto, medios que, en los dos casos, resolvieron problemas de definición.
No es raro. El tiro libre, desde su introducción en el reglamento del fútbol a fines del siglo XIX, siempre ha sido visto como un recurso para llegar al gol. Aunque no es una herramienta imbuida en el capítulo de construcción de los sistemas de juego, sí es uno de los elementos que componen lo que se conoce como “táctica fija” (jugadas planificadas que se ejecutan en situaciones de balón detenido) y que también conforman los saques de esquina e incluso los laterales.
El balompié nacional, y eso se ha puesto de relieve tras los tiros de Vargas y Cepeda, ha tenido en su historia grandes ejecutores de tiros libres.
Hay que remarcar, por ejemplo, a tres que convirtieron mediante esta vía en mundiales: Leonel Sánchez (a Rusia) y Jorge Toro (a Brasil), ambos en 1962; y José Luis Sierra (a Camerún) en 1998.
A ellos hay que agregar exponentes de calidad como Osvaldo Castro, Juan Carlos Orellana, Jorge Aravena, Jorge Contreras, Jaime Riveros y Matías Fernández, por mencionar solo un ramillete.
Siendo así, la pregunta que cae de cajón es ¿por qué hoy ya se ven tan pocos goles de tiro libre? ¿Acaso ya no nacen jugadores capaces de pegarle bien y fuerte a la pelota como hace algunos años?
La respuesta es otra y es más obvia de lo que puede parecer. Hay materia prima, pero, simplemente, no se trabaja en esa dirección.
Claro, porque, así como decía César Luis Menotti que Beethoven, por mucho talento natural que tuviera para la música, si alguien no le hubiese acercado un piano, no hubiese sido un genio, en este caso de la perfección en la pegada no solo basta con el talento natural del futbolista, sino que se exige enseñanza, conducción técnica y, por supuesto, muchas horas de práctica para lograr un alto nivel en la ejecución.
Eso, en general, no se ve en Chile y no solo en el trabajo de las divisiones menores —donde la obsesión es enseñar a recibir y tocar, recibir y tocar, recibir y tocar—, sino que también en la labor de los primeros equipos.
El único que en los últimos años ha roto un poco esa tendencia es Daniel Garnero en la UC. Sin duda que su paso por el fútbol paraguayo le dejó como aprendizaje la importancia del aprovechamiento de los tiros a balón parado. Por ello, la Católica, si uno se fija bien, al menos en los tiros de esquina, ha subido sus porcentajes de conversión.
Pero es una excepción. Hoy en el torneo local ver un gol de remate libre es una rareza y, a nivel de selecciones, una excepcionalidad.
Pareciera ser hora de conversar sobre esto cuando buscamos razones para los constantes fracasos.