El viernes por la noche, veía CNN. Transmitían en vivo el regreso de Artemis II. La cápsula Orión había amarizado en el Pacífico frente a la costa de San Diego después de diez días orbitando la Luna, con cuatro astronautas que superaron el récord de distancia que Apolo 13 ostentaba desde 1970.
Entraron en la atmósfera a cuarenta mil kilómetros por hora. Durante seis minutos, mientras la atravesaban envueltos en una bola de fuego a tres mil grados, el plasma que rodeaba la cápsula bloqueó toda comunicación. Solo quedaba esperar.
Once paracaídas se desplegaron en secuencia sobre el océano. La nave tocó el agua. Los helicópteros militares descendieron y los buzos engancharon a cada astronauta para transportarlos al buque de rescate. Todo ocurrió exactamente como miles de ingenieros y técnicos lo habían calculado durante años en oficinas, fábricas y laboratorios de tres continentes.
Reparé en la franja de texto que corría en la parte inferior de la pantalla de CNN. Se leían las amenazas del Presidente Trump a Irán en medio de las negociaciones de paz, bombardeos israelíes en Líbano que habían dejado más de doscientos muertos en un solo día, el estrecho de Ormuz todavía cerrado y el petróleo sobre cien dólares el barril, golpeando a los países pobres que dependen de importar energía y no tienen cómo proteger a sus ciudadanos.
Hablaban de inflación creciente y de la confianza del consumidor en Estados Unidos desplomándose a su nivel más bajo en setenta años, peor que durante la pandemia, peor que en la crisis financiera. Y de Melania Trump irrumpiendo intempestivamente en una transmisión desde la Casa Blanca para negar vínculos con Jeffrey Epstein. El financista abusó de decenas de menores durante décadas y se suicidó en prisión antes de ser juzgado. Su caso sigue revelando cuánta impunidad pueden comprar el dinero y el poder.
Arriba, en la pantalla, los astronautas saludaban radiantes desde la cubierta del buque de la Armada de Estados Unidos, recién rescatados del océano. Más abajo, la franja de noticias seguía corriendo con titulares sombríos. Pensé en lo que emprendieron esos cuatro al entrar a la cápsula diez días antes. Apostaron su vida al trabajo de miles de desconocidos: ingenieros que diseñaron el escudo térmico, técnicos que soldaron cada válvula, programadores que escribieron el código de navegación, obreros que cosieron los paracaídas en fábricas de ciudades que jamás visitarían. Confiaron en que cada uno de ellos, sin conocerse entre sí, haría bien su parte.
En algún lugar eso todavía era posible. Pero la franja inferior del televisor contaba otra historia.
Los titulares no se detenían. Gobiernos incapaces de llegar a acuerdos. Guerras que nadie sabe cómo terminar. Ciudades enteras convertidas en escombros. Más de un millón de personas desplazadas en Líbano por bombas que caen sobre barrios donde vivían hasta hace días. La alianza entre Estados Unidos y Europa, que sostuvo el orden mundial durante ochenta años, tensionándose como nunca desde la Guerra Fría. Un estrecho cerrado que estrangula el flujo de petróleo porque los iraníes decidieron usarlo para tomar de rehén a la economía global. Un mundo que parecía incapaz de resolver sus propios problemas.
Pero la franja de abajo no logró opacar lo que ocurría arriba. El sol hundiéndose en el Pacífico mientras la humanidad acababa de hacer algo extraordinario. Por primera vez en más de medio siglo, habíamos vuelto a la Luna. Y esto era solo el comienzo. Vendrían las bases lunares, los viajes a Marte, la exploración de mundos que hoy apenas imaginamos. Las malas noticias seguirían mañana, pero esa noche, al menos, había motivo para celebrar. Aquella noche, eso era lo que necesitábamos ver.
Director del Centro de Reputación Corporativa ESE Business School, Universidad de los Andes