Desde que firmó en enero la orden ejecutiva que cortaba los envíos de petróleo a la isla y amenazaba con aranceles a cualquier país que le entregara crudo, la estrategia del gobierno de Donald Trump ha sido de garrote y zanahoria. Amenazas directas, como “tendré el honor de tomarme Cuba”, o más sutiles, como “habrá cambios muy pronto”, han estado en el discurso de Trump todo este año. Algo similar se ha escuchado de su secretario de Estado, Marco Rubio, conocido por ser un duro con respecto a la dictadura comunista, lo esperable en un hijo de exiliados. Tras la captura del venezolano Nicolás Maduro, fue rotundo: “Ese sistema no es bueno para Cuba”, y en marzo agregó: “La economía cubana necesita cambios y no lo puede hacer sin un cambio de sistema de gobierno”. Bastante explícito el objetivo, aun cuando no haya ni invasión ni agresión.
En paralelo, se sigue un camino de diálogo, del que se sabe poco, pero se ve con muchos obstáculos. Se dice que los interlocutores son cercanos a la familia Castro: Alejandro, hijo de Raúl, y quien estuvo involucrado en las conversaciones de 2014 con el gobierno de Barak Obama. También su nieto, “el Cangrejo”, Raúl Rodríguez Castro, su guardaespalda y persona de más confianza. Se ha mencionado incluso al primer ministro, Manuel Marrero. Además, Óscar Pérez-Oliva Fraga, nieto de la hermana mayor de Raúl y Fidel, ha tomado protagonismo después de que, como encargado del comercio exterior, anunciara que se permitiría la inversión extranjera, incluida la de exiliados de Florida, en sectores estratégicos como infraestructura y energía.
Pérez Oliva apareció junto a Díaz-Canel cuando este confirmó las conversaciones con EE.UU., pero esto, que parecería avalar el diálogo, ocultaría el poco entusiasmo del dictador para llegar a algún acuerdo, y menos si él queda marginado del proceso. Washington estaría evitando negociar con la vieja guardia y no es un secreto que prefiere que Díaz-Canel deje el cargo.
“Renunciar no forma parte de nuestro vocabulario”, respondió, indignado, ante la pregunta de una periodista, en una de dos inusuales entrevistas que dio la semana pasada a medios estadounidenses. “No estamos sujetos a los designios de EE.UU.”, dijo, y aseguró que es el pueblo cubano —como si este pudiera pronunciarse— el que decide si él está capacitado o no para gobernar.
Con la mirada hacia Rusia
En momentos de extrema crisis económica y social, Díaz-Canel insiste en que su gobierno seguirá con la línea del Partido Comunista, que “ha logrado tanto en 67 años”, y que el pueblo está dispuesto a luchar para defender la soberanía y los éxitos de la revolución. Pero no está solo en esta actitud intransigente. Un sector importante de la élite gobernante que se resiste a los cambios ha sido explícito en rechazar las negociaciones. Un artículo reciente en el medio La Tizza (reproducido por El Siglo, del PC chileno) se plantea la disyuntiva en la que está el régimen: negociar o resistir una supuesta agresión norteamericana.
“Cualquier muestra de debilidad cubana es combustible para que avancen sobre nosotros sin piedad. El imperialismo no quiere concesiones, quiere la rendición, y no tiene sentido ser conciliadores ni ‘reformadores en abstracto' para evitar la guerra”, sostiene. Más adelante se refiere a Venezuela e Irán como dos ejemplos de regímenes que fueron atacados en medio de negociaciones: “el rugido de los cañones (iraníes) es la mejor respuesta y la mejor carta de negociación”. Y si se negocia, advierte, solo sería para el “levantamiento total e incondicional del bloqueo, el cese de las hostilidades políticas, la salida del ejército de Guantánamo y el reconocimiento de que las decisiones del destino de Cuba se tomarán ahí y no en Miami”.
Este tipo de argumentos le da fuerzas a Díaz-Canel para resistir, y en ese contexto, se vuelca al respaldo de Rusia. El envío de un petrolero cargado con 730 mil barriles de crudo se ve como un auxilio no solo a la crisis energética, sino a la sobrevivencia del régimen. “En momentos de durísimo bloqueo, nuestros amigos nos necesitan”, dijo el vocero del Kremlin. El vicecanciller ruso, Sergei Ryabkov, fue en La Habana aún más explícito: “Rusia no va a abandonar el hemisferio occidental, digan lo que digan en Washington… no podemos simplemente traicionar a Cuba… abandonarla a su suerte”. Para el dictador, ese apoyo, aunque sea solo político —en medio de su propia guerra, Moscú difícilmente puede pensar en un nuevo frente—, es fundamental en momentos en que el país está más aislado que nunca. Ya no puede contar con Venezuela, su salvavidas después de la caída de la URSS y las penurias del “período especial”; China le ha dado apenas apoyo retórico, y de Irán no puede esperar respaldo durante el conflicto. México le ha enviado ayuda humanitaria, pero Claudia Sheinbaum no se atreve a mandar petróleo por temor a enfurecer a Donald Trump, con el que en los próximos meses debe renegociar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte.
Aunque Trump, siempre triunfalista, asegure que habrá “cambios drásticos muy pronto”, es probable que si se logra cualquier acuerdo, demore en materializarse. Quienes negocian deberían tomar en cuenta que, antes de cálculos políticos y ganancias estratégicas, las penurias de la población son lo primero que hay que resolver. Los cubanos, sometidos por décadas a una dictadura que puso el bienestar de los jerarcas comunistas por sobre el de ellos, tienen derecho a un mejor presente y a un futuro de mayor esperanza.