Señor Director:
Resulta profundamente desconcertante constatar una situación que, además de contradictoria, es moralmente inaceptable. Migrantes irregulares que deciden abandonar el país no pueden hacerlo, muchas veces, en medios de transporte seguros, establecidos y regulados, sino que se ven empujados a circuitos informales, donde con frecuencia son estafados y deben pagar sumas exorbitantes.
A ello se agrega una realidad particularmente grave: dado que quienes se encuentran en situación irregular no pueden salir normalmente por pasos habilitados, muchos terminan intentando hacerlo por la frontera con Bolivia. Allí quedan expuestos a los tristemente conocidos “coyotes”, que lucran con la desesperación ajena. No pocas veces estas personas son abandonadas en medio del altiplano, o quedan expuestas en la frontera a abusos de diversa naturaleza, en condiciones de extrema vulnerabilidad.
La pregunta es inevitable: ¿cómo aceptar que personas ya golpeadas por la precariedad, el miedo y la incertidumbre queden todavía más expuestas a nuevas formas de abuso? No se trata aquí de discutir la situación migratoria de quienes parten. Se trata, antes que todo, de la dignidad humana, que no desaparece ni se relativiza por la condición administrativa en que alguien se encuentre.
En Copiapó, quienes acompañan de manera más cercana a muchos migrantes es la Iglesia. El pasado domingo pude encontrarme con una familia en la comunidad de las religiosas Hijas de la Caridad. Allí conocí a Laleska, madre de familia, que junto a los suyos se disponía a abandonar Chile marcada por el temor y la incertidumbre. Su experiencia pone rostro concreto a una realidad que no puede dejarnos indiferentes.
Detrás de cada número y de cada estadística hay una familia; hay padres, madres, niños; hay historias de lucha, de sufrimiento y de esperanza. Hay, en definitiva, seres humanos que merecen ser tratados con dignidad y respeto.
Lo que aquí ocurre es, sencillamente, inmoral, porque es contrario a la dignidad humana. Como sociedad no podemos desentendernos ni actuar como si no viéramos.
Ricardo Morales Galindo
Obispo de Copiapó