Señor Director:
En la escuela de hoy, paradójicamente, el niño ha desaparecido. No de forma abrupta, sino entre protocolos, registros y evidencias. Todo cuidadosamente documentado, salvo lo esencial: la experiencia viva y real de los estudiantes.
Mientras más intentamos protocolizar cada aspecto de la vida escolar, menos vida parece quedar en ella. En ese afán por normarlo todo, hemos logrado algo triste: hacer inviable lo humano.
Los recientes hechos de violencia en contextos escolares no pueden leerse al margen de esta realidad. Cuando el vínculo pierde espacio frente a la lógica del procedimiento, y cuando la escuela se ve agobiada por tareas administrativas que consumen tiempo y energía, su capacidad de anticipar, contener y cuidar se debilita; y en ese vacío, la violencia encuentra un terreno fértil.
Detectores de metales y tecnologías pueden atender la urgencia, pero no el problema de fondo. Al mismo tiempo, los equipos directivos, principales llamados a generar condiciones para el aprendizaje, se ven obligados a destinar la mayor parte de su tiempo a sostener la arquitectura administrativa del sistema, alejados del patio y la sala, justo donde esa presencia resulta insustituible.
Pero lo humano no ocurre en formularios, ocurre en el vínculo. Y ese vínculo, el que hace que el niño vuelva a aparecer, lo sostienen, día a día, docentes y equipos de apoyo. Sin embargo, si su autoridad se relativiza, si su palabra se pone en duda sistemáticamente y si el trato que reciben carece del respeto mínimo, ¿qué espacio real queda para educar y acompañar?
En este escenario, las medidas sancionatorias que hoy se proponen pueden colaborar, pero por sí solas resultan insuficientes. La autoridad docente no se decreta ni se impone únicamente desde la sanción: se construye con respaldo institucional, con criterios claros y, sobre todo, con adultos presentes. Los directores necesitan herramientas concretas para fortalecerla: tiempo, presencia y capacidad real de acción, no más papeleo que los aleje de donde esa autoridad se ejerce y se legitima: en la sala, en el patio y en el vínculo.
Cuidar a los docentes, resguardar su autoridad y lograr estar verdaderamente presentes donde la educación se hace concreta no es solo una consigna: es una condición básica para que las comunidades educativas sean espacios en los que vuelvan a aparecer los niños y jóvenes.
Sebastián Gómez Campos
Rector del Colegio Mariano de Schoenstatt