Señor Director:
Soy usuaria frecuente del transporte público en Santiago y, desde esa experiencia cotidiana, observo que muchas decisiones tomadas desde las oficinas no siempre reflejan la realidad de quienes dependemos del sistema para movilizarnos. Basta con mirar lo que ocurre en los paraderos a las 06:20 de la mañana o cerca de las 18:00 horas para comprender la magnitud del problema.
Tras el alza de los combustibles, desde hace un par de semanas la cantidad de usuarios ha aumentado considerablemente y el sistema parece no dar abasto. En horarios punta resulta difícil subir a un bus o ingresar al Metro. En mi caso, utilizo con frecuencia la Línea 1 del Metro de Santiago, donde las condiciones son extremadamente complejas. La estación Tobalaba se vuelve caótica en ciertos momentos, y en el paradero de Las Rejas con Alameda, en Estación Central, abordar un bus es casi imposible por la gran cantidad de personas esperando.
Comprendo que la gestión del transporte público es un desafío complejo, pero muchas veces falta una mirada más cercana a la experiencia real del usuario. En términos coloquiales, pareciera que a quienes diseñan algunas medidas “les falta calle”, es decir, conocer de primera fuente lo que ocurre día a día en el sistema.
Quisiera además destacar un aspecto que suele pasar inadvertido: lo difícil que puede ser para las mujeres viajar en condiciones de alta congestión. Las incomodidades y malos ratos que se viven hacen que la experiencia sea aún más compleja.
Mi intención es transmitir la realidad que enfrentamos miles de personas y que genera frustración, cansancio y estrés. Escribo con la esperanza de que este testimonio sea escuchado y considerado como una opinión constructiva desde la experiencia de una ciudadana que utiliza diariamente el transporte público.
Jessica Feliú F.