Señor Director:
La nueva edición de “¿Qué hacer con Dios en la República?”, de Sol Serrano, renueva el debate sobre el incendio de la iglesia de la Compañía en 1863 y cómo ciertas lecturas presentan a las mujeres que allí murieron como víctimas del patriarcado y la Iglesia. El libro muestra algo distinto: esas mujeres participaban activamente de esa cultura religiosa, la habitaban, la elegían en los términos que su época permitía. El incendio fue accidental.
La relación entre la Iglesia y las mujeres en Chile ha sido mucho más compleja que esa imagen. La misma institución que algunas lecturas presentan como opresora tenía una presencia consolidada junto a las mujeres en el espacio público, en las congregaciones, en la educación, en la beneficencia. No es casual que haya apoyado el voto femenino ya en el siglo XIX. Esa trayectoria, estudiada por la premio nacional de Historia no encaja con el ánimo de ver la historia como un asunto de buenos y malos.
El problema no es solo un error de interpretación. Es que el mercado cultural recompensa la simplificación, no la complejidad. El pasado se fragmenta y se reorganiza para producir relatos que se sienten justos, que confirman lo que ya sabemos, que no incomodan. Presentar a las mujeres del siglo XIX como víctimas pasivas supone que no podían querer lo que querían ni creer lo que creían a menos que estuvieran sometidas. Es una forma de no tomárselas en serio.
Entender el pasado exige aceptar que operaba con códigos distintos a los nuestros. Que las personas que lo habitaron tenían razones, creencias y marcos de sentido que no se reducen a las categorías con que miramos el presente. Cuando eso se ignora, no estamos comprendiendo la historia sino proyectándonos narcisistamente en ella.
Lo que hace el trabajo de Serrano es negarse a entrar en esa simplificación. No porque ignore el presente, sino porque se niega a subordinar el pasado a sus demandas. Y esa resistencia, hoy, es cada vez más infrecuente.
María José Cumplido
Historiadora