Hay dos 3 por ciento que atenazan la economía, ambos en camino de ser superados por los acontecimientos. El 3 es un número simbólico que busca conjurar un peligro. De pronto, al revés de lo esperado, de la mano de estos dos tres, la economía adquiere un protagonismo inusitado y el trecho entre los que saben y los que saben poco se angosta peligrosamente.
El ministro de Hacienda —ya desde hace décadas el eje del gobierno— atrae la mirada de todos; se lo escruta, critica, se intenta adivinar sus designios. El país está “economizado” (a pesar suyo) y parece que no podría ser de otro modo, porque el bienestar económico es la base del bien común, el soporte en que se sostienen los demás componentes de este.
En forma autónoma al gobierno, el Banco Central es el otro personaje de este drama, a veces más importante que el propio ministro. Los operadores del mercado, los empresarios y los consumidores miran, tratan de desentrañar sus decisiones, opinan, intentan proteger sus intereses. Por arriba de todos, pensando y diseñando modelos teóricos, pero a menudo inmiscuidos en la acción, se mueven los depositarios del saber, los economistas.
No quiero volver sobre el tópico que pone en discusión el carácter científico de la ciencia económica. Es cierto que suelen fallar en sus predicciones (el 3% de inflación anual para el 2026 es un ejemplo reciente y potente, el 3% de recortes, otro), pero es una ciencia social y la sociedad es un sistema complejo en el que operan numerosas variables. En la economía es indispensable introducir, cada vez que se intenta trazar líneas hacia el futuro, la cláusula del “ceteris paribus” que, parafraseando, quiere decir que la predicción es válida siempre que las restantes variables (no consideradas) permanezcan iguales.
Hay un antiguo chiste en que un químico, un físico y un economista están varados en un isla con una lata de alimentos, pero sin ninguna herramienta para abrirla. El químico elabora un experimento en que aplica todo su saber empírico, pero fracasa.
Asimismo, el físico también fracasa, a pesar de un ingenioso procedimiento en el que pone en juego una complicada secuencia de leyes empíricas. El economista simplemente dice: “Supongamos que tenemos un abrelatas”. El chiste parece burlarse de su propensión a elaborar modelos abstractos que se desapegan de la realidad.
La política económica debería ser inspirada por la ciencia económica, cada vez más matematizada, pero la naturaleza de ambas requiere un ejercicio de humildad y prudencia, las virtudes que, sobre todo la última, rigen la acción sobre la polis.
Una broma final: ¿Sabe usted por qué los tiburones no se comen a los economistas? Cortesía profesional.