Señor Director:
Mi vida es muy parecida a la de Noelia Castillo, la joven española de 25 años que murió el pasado 26 de marzo, tras haber solicitado la eutanasia.
Noelia creció en un hogar marcado por la inestabilidad. Cuando tenía 13 años, sus padres se separaron y quedó bajo la tutela de la Generalitat catalana, el equivalente a nuestro sistema de protección de menores. Fue diagnosticada con trastorno de personalidad limítrofe y trastorno obsesivo-compulsivo, y recibió tratamiento psiquiátrico desde entonces, sin resultados favorables. Fue víctima de agresiones sexuales en más de una oportunidad, experiencias que agravaron profundamente su sufrimiento emocional y que la llevaron a varios intentos de suicidio. En uno de ellos, en 2022, cayó desde un quinto piso y quedó parapléjica. Fue ese dolor —físico y psíquico, acumulado durante años— el que la llevó a solicitar la eutanasia, un proceso que duró más de 20 meses y que atravesó cinco instancias judiciales antes de concretarse.
Y sí, mi vida es bastante similar. También me crie en un hogar disfuncional, con pobreza material y afectiva. Mis padres, consumidos por el alcohol y la droga, no pudieron preocuparse suficientemente de mí ni de mis hermanas. Fui abusada sexualmente por varias personas, entre los 4 y los 11 años, para finalmente terminar en una residencia de protección del Estado durante 12 años. Mi sufrimiento emocional era tan intenso que me autoagredía con frecuencia para encontrar algo de alivio, y en un par de ocasiones intenté quitarme la vida, afortunadamente sin lograrlo. Tuve parejas que me maltrataban física y psicológicamente. Mi vida era una miseria.
Sin embargo, tuve la suerte de ser amadrinada por Beatriz, una mujer de buen corazón que me ayudó a salir adelante, a estudiar una carrera técnica y a recibir tratamiento en salud mental. Dada la gravedad de mis síntomas y mi diagnóstico —trastorno de personalidad limítrofe, igual que Noelia— no me servía cualquier terapia. Llegué al centro Grupo DBT Chile, donde conocí al Dr. Francisco Bustamante y recibí terapia conductual dialéctica adaptada a traumas severos, un tratamiento novedoso, validado científicamente. Fue un proceso duro de casi dos años, pero finalmente pude sanar mis heridas. Hoy tengo un buen trabajo y una pareja estable que me quiere y me cuida.
Mi destino, lamentablemente, es la excepción. Durante 2025, más de cinco mil niños residían en centros de protección en Chile, muchos de ellos con patologías psiquiátricas graves, que requieren tratamientos especializados que el sistema público no puede proveer, o que enfrenta listas de espera tan largas que el sufrimiento no se resuelve a tiempo. Estos niños y jóvenes cargan con historias de abandono, abuso y negligencia que dejan huellas profundas en su salud mental. Sin embargo, el Estado, que debiera ser su red de seguridad, con frecuencia no cuenta con los recursos ni los profesionales necesarios para entregarles una atención oportuna y de calidad. Muchos egresan del sistema sin haber recibido un tratamiento adecuado, expuestos a repetir los mismos ciclos de vulnerabilidad que los llevaron ahí. Lo que le ocurrió a Noelia en España no es tan distinto de lo que ocurre silenciosamente con miles de niños en Chile.
El caso de Noelia debiera hacernos reflexionar: la eutanasia no cura ni alivia: es la evidencia más dolorosa del abandono del Estado hacia quienes más lo necesitan. El sufrimiento emocional se puede tratar. Existen herramientas. Pero se necesita voluntad política para ponerlas al alcance de los más vulnerables, antes de que la muerte parezca la única salida.
María José Hueichaleo