Señor Director:
Tanta tinta destinada a calificar de propio de la “Edad de Piedra” reflexiones que invitan a volver a pensar y valorar aquellas ideas y prácticas que hicieron posible nuestra civilización. Tanta columna que se ejercita en argumentar sobre supuestos peligros autoritarios o iliberales de quienes, respetuosos de las reglas democráticas, dirigen el país y toman las decisiones que estiman más ajustadas. Tanto párrafo que retoma la algo gastada tesis de que la opinión es libre y los datos, sagrados, ofreciendo —a un mismo tiempo— una sutil gimnasia intelectual para fijar y seleccionar aquella evidencia fáctica que calificará de sacrosanta. En el fondo, tanta cavilación sobre multicausalidad y necesidad del largo plazo que, muchas veces, se convierte en un velo que impide ver la crisis cultural.
Mientras tanto, allá afuera, en la vida misma, asistimos —mucho más de lo que quisiéramos— a una representación, nada de especulativa, de la opresión de la violencia retrógrada y antidemocrática, y del prejuicio que no se integra a ningún diálogo. Lo vivido en la Universidad Austral por la ministra de Ciencia es el reflejo, precisamente, de todo ello. Cuando comparo los artículos y reflexiones referidos con hechos como este del miércoles (o los de las últimas semanas en los colegios), no puedo dejar de pensar en el tango Cambalache: “Dale nomás, dale que va”...
A pesar de todo, podemos dar gracias a Dios de que todavía hay personas, como la ministra Ximena Lincolao, que ha demostrado estar dispuesta a defender la civilización, la autoridad y el derecho.
“¡Aún tenemos patria, ciudadanos!”.
Carlos Frontaura R.