Señor Director:
No es necesario retroceder al paleolítico ni a los orígenes del matrimonio para afirmar que crecer en un hogar con adultos responsables del cuidado —que no solo imponen normas, sino que educan con afecto, establecen límites claros y modelan formas no violentas de resolución de conflictos— contribuye al bienestar socioafectivo de niños y adolescentes.
La discrepancia con el Dr. Dörr radica en la desvalorización implícita de otras estructuras familiares, como las parejas que constituyen familia sin estar casadas o las familias monoparentales. Que en Chile más del 75% de los niños nazca fuera del matrimonio no implica, por sí mismo, una “correlación relevante” con la violencia juvenil. Una proporción significativa de estos nacimientos ocurre en familias de hecho o en parejas que posteriormente formalizan su vínculo, lo que vuelve metodológicamente inadecuado utilizar esa variable como proxy de desprotección o ausencia de socialización normativa.
El ejemplo de Japón que mencionaba Dörr en su primera columna, ilustra los riesgos de este tipo de inferencias. Se trata de un país con baja criminalidad, pero también con una de las tasas de natalidad más bajas del mundo. Atribuir sus indicadores de seguridad a la elevada proporción de nacimientos dentro del matrimonio omite factores institucionales, culturales y demográficos decisivos.
Siguiendo la lógica de asociaciones simples, podría incluso concluirse —de manera igualmente falaz— que evitar el nacimiento de hijos no deseados previene la violencia. De allí la importancia de la prudencia al interpretar asociaciones en fenómenos complejos. Señalarlo no es ideología, sino una exigencia básica de rigor analítico.
Sofía Salas Ibarra
Docente investigadora en bioética, U. del Desarrollo