El Dr. Otto Dörr, con su habitual lucidez, nos invitaba a reflexionar en torno a la violencia juvenil en su columna del viernes, concluyendo con una pregunta abierta sobre la importancia del matrimonio para preservar la paz social.
Más allá de los datos y estadísticas —siempre necesarios para fundamentar una opinión—, la experiencia de quienes hemos dedicado gran parte de nuestra vida al servicio de la educación puede aportar una mirada complementaria a esta cuestión.
En primer lugar, es innegable que padre y madre ofrecen a los hijos perspectivas distintas y complementarias, fundamentales para un desarrollo equilibrado de la personalidad. Por una parte, la ternura y acogida de un amor materno incondicional; por otra, la seguridad y el impulso paterno que invita a enfrentar desafíos con autonomía y determinación. Esta síntesis de ternura y firmeza constituye la esencia de una autoridad bien entendida: aquella que forma jóvenes con sentido común, empáticos y resilientes; capaces de trabajar y convivir en contextos favorables, pero también en escenarios adversos, y de conducirse a sí mismos —y a otros— tanto en tiempos de bonanza como de crisis.
Sin embargo, ese sentido de autoridad —que dista mucho del autoritarismo y se entiende más bien como una guía exigente y cercana— se ha debilitado en la sociedad y, particularmente, en muchos entornos escolares. El delicado equilibrio entre cariño y exigencia parece haberse roto: la incondicionalidad del amor se ha confundido con una tolerancia sin límites, mientras que la disciplina comienza a percibirse como una forma de abuso.
Tal vez allí radique una de las causas del arraigo de la violencia en la sociedad y, en ciertos casos, también en los espacios educativos. Han ganado terreno eslóganes que erosionan la autoridad familiar: una libertad entendida como la posibilidad de hacer o conseguir todo lo que se desea; una felicidad asociada a la satisfacción inmediata de los intereses personales; la primacía absoluta de los derechos por sobre los deberes, y la exigencia de gratificación instantánea. Bajo esta lógica, parecería que los padres deben garantizar todo ello a sus hijos desde temprana edad.
¿Cuántas veces no se escucha la frase “quiero que mi hijo tenga todo lo que yo no tuve”?, como si la valía humana se construyera más en la abundancia que en la carencia. Así, se ha instalado la idea de que se es mejor padre en la medida en que se facilita la vida de los hijos, evitándoles frustraciones o incomodidades. Este error —que ha dado origen a lo que se denomina la “generación de cristal”— ha sido bien descrito por el filósofo y pedagogo Gregorio Luri, quien advierte que “la sobreprotección es una forma de maltrato, porque impide el aprendizaje de la vida real”.
En segundo lugar, cabe preguntarse: ¿Impacta este vacío formativo en los colegios? Sin duda. Como señala el propio Dr. Dörr, recogiendo una idea del rector Carlos Peña, la escuela es el primer espacio donde la incondicionalidad del hogar da paso al aprendizaje de normas y a la evaluación del desempeño. En ella, cada estudiante pasa a ser uno más dentro de una comunidad, donde el respeto —y también el afecto— son esenciales.
Pero, al mismo tiempo, el aprendizaje exige reglas comunes, aplicadas a todos, bajo la conducción de una autoridad. Por ello, en todo colegio existen también sanciones, evaluaciones, exigencias, jerarquías y procesos de selección.
El problema surge cuando estas dimensiones, propias de la vida y necesarias para la formación de la persona y su ciudadanía, chocan con los eslóganes anteriormente mencionados. Algunos padres dejan de ver en ellas oportunidades de crecimiento y comienzan a percibirlas como amenazas al bienestar de sus hijos. Esta confusión deteriora la confianza en la relación entre familia y colegio, una alianza que debiera ser profundamente complementaria. Cuando no se reconoce en el otro a un aliado que busca el mismo bien, la relación se vuelve defensiva y conflictiva.
En un contexto de confianza, la familia debería ser capaz de delegar parte de su autoridad en el proyecto educativo, confiando en que este contribuye al desarrollo integral de sus hijos. Sin esa base, resulta comprensible la proliferación de cuestionamientos, resistencias y oposiciones frente a medidas que, aun siendo exigentes o incómodas, son necesarias para la formación personal y social. Tal vez aquí se encuentre también el origen de la creciente sobrerregulación, legalización y carga burocrática que hoy asfixia a muchos establecimientos educacionales.
Los padres son los primeros educadores, y por ello la estabilidad y claridad de su rol resulta decisiva. Cuando este se debilita o se confunde, el espacio que queda para la acción educativa del colegio se reduce significativamente.
El camino de solución no es corto, pero urge iniciarlo. Y una forma concreta de hacerlo es recuperar el valor del sentido común, del matrimonio y de la familia en su insustituible misión formativa.
Carola Reyes I.
Directora Colegio Huelén
Manuel Uzal C.
Director Colegio Cordillera