Un camión detenido durante horas en el paso Los Libertadores, con su carga inmóvil en la cordillera, no es solo una escena logística: es una metáfora del costo que aún tiene la falta de integración entre Chile y Argentina. Cada hora perdida en la frontera es competitividad que se erosiona, inversión que se posterga y desarrollo regional que se ralentiza.
Hay verdades que, por evidentes, a veces se olvidan: la relación con Argentina no es una opción diplomática más, sino una prioridad estructural. Compartimos más de cinco mil kilómetros de frontera, lo que nos convierte en socios inevitables.
La reciente visita del Presidente José Antonio Kast a Buenos Aires y su sintonía de trabajo con el Presidente Javier Milei marcan el inicio de una nueva etapa. No se trata de un gesto protocolar, sino de la oportunidad de transformar esta relación en una verdadera plataforma de desarrollo compartido con proyección global.
El diagnóstico es claro: la cordillera no puede seguir siendo una barrera. Debe convertirse en el eje de un corredor Atlántico-Pacífico competitivo. El problema no ha sido la falta de acuerdos, sino la distancia persistente entre lo acordado y lo implementado.
El mandato político hoy es distinto: avanzar desde la declaración hacia la ejecución. La declaración suscrita por ambos gobiernos constituye una hoja de ruta que exige gestión profesional, estándares comunes y rendición de resultados. No basta con coordinar; es necesario operar como una plataforma binacional, con métricas, plazos y accountability compartido.
Las oportunidades son evidentes. El comercio bilateral se sitúa en torno a los US$ 8.000 millones, con una asimetría reciente a favor de Argentina, explicada principalmente por el componente energético proveniente de Vaca Muerta. A su vez, ese desarrollo ha permitido al país vecino consolidar un superávit energético significativo, del orden de varios miles de millones de dólares, posicionando a Chile como uno de los destinos relevantes de sus exportaciones en este ámbito.
En paralelo, los proyectos mineros en la cordillera pueden movilizar inversiones potenciales del orden de decenas de miles de millones de dólares. Si se gestionan con lógica binacional, pueden transformar la frontera en un espacio productivo y no en un límite administrativo.
Pero la condición habilitante es la frontera. No es aceptable que el flujo de bienes dependa de procesos analógicos. Experiencias internacionales, como los modelos avanzados de gestión fronteriza entre Argentina y Uruguay o entre Estados Unidos y Canadá, muestran que es posible compatibilizar seguridad con eficiencia.
La paradoja es evidente: hoy un chileno puede ingresar a Estados Unidos bajo el programa Visa Waiver en cuestión de minutos, mientras que cruzar la cordillera implica formularios redundantes y tiempos de espera incompatibles con una economía moderna.
El desafío es avanzar hacia una frontera inteligente: interoperabilidad real entre servicios, predespacho digital, segmentación de flujos y estándares exigibles de tiempo. La integración no es retórica: es una infraestructura invisible que determina la competitividad de nuestros países.
En este diseño —que incluye conectividad digital, cielos abiertos y turismo binacional—, el sector privado debe ser protagonista y el Estado, facilitador.
Finalmente, hay un elemento que, sin condicionar la agenda, no puede omitirse: la situación del prófugo Galvarino Apablaza. La disposición activa y consistente del gobierno argentino para avanzar en su captura, en el marco del respeto al Estado de Derecho, constituye una señal concreta de cooperación efectiva y contribuye a fortalecer las confianzas que requiere una integración profunda.
Chile y Argentina han vuelto a hablar el lenguaje del crecimiento, la ejecución y el sentido común. Si esta vez logramos cerrar la brecha entre acuerdos y resultados, la cordillera dejará de ser frontera para convertirse en plataforma.
Gonzalo Uriarte H.
Embajador de Chile en Argentina