Después de años en que la informalidad en alza se puso de moda —ministros en zapatillas, discursos en lenguaje inclusivo, una cercanía que se confundía con desorden, reacciones con una espontaneidad que borraba la autoridad—, la corbata volvió a La Moneda. Y con ella, una señal que se extiende a otras escenas del poder, públicas y privadas: la formalidad está de vuelta.
Las corbatas ordenan, marcan distancia y apuntalan la autoridad, especialmente para los hombres. Pero no acercan ni abrazan. Y eso puede ser un problema.
A menos de un mes de gobierno, las encuestas muestran un desplome cuya velocidad supera la de administraciones recientes. Se lo ha atribuido a errores de comunicación, a cierta rudeza en el manejo del alza de los combustibles, a una confianza quizá ingenua en que la ciudadanía haría propia la ética del rigor que inspira al Presidente, y a un gabinete estructurado, pero sin frescura. Hay algo de todo eso. Pero el problema de fondo es otro.
“No venimos a ser populares, venimos a hacer lo que hay que hacer”. Es una frase que se repite con frecuencia en boca de las nuevas autoridades, con una severidad que deja entrever cierta suficiencia respecto de sus predecesores. Algunos intelectuales afines la vinculan con el ethos conservador clásico: uno que privilegia los hechos sobre los relatos, las decisiones sobre los procesos, la operación sobre los paliativos. Desde esa mirada, cualquier otra opción resulta una concesión a la cultura woke.
Este gobierno llegó para imponer orden y el uso de la corbata así lo transmite. Pero a las pocas horas de asumir, dos figuras emblemáticas en su imaginario —Netanyahu y Trump— contribuyeron a desatar una crisis que hoy mantiene al mundo en vilo. Sus decisiones se toman lejos, pero sus efectos se sienten cerca. El alza de los combustibles ha reordenado las urgencias que llevaron a muchos chilenos a votar por Kast en segunda vuelta. Y la identificación con un ejercicio del poder “a lo Trump” pierde atractivo cuando sus costos dejan de pagarlos otros —los delincuentes, los inmigrantes— y pasan a recaer sobre nosotros.
Esa lógica del gestor implacable, que apela a una cierta épica del sacrificio, tiene algo respetable. Incluso valiente. Pero también encierra una rigidez que tiende a desatender el tono gris de la vida y que puede leerse como falta de sensibilidad.
La crisis que hoy sacude al mundo y golpea el bolsillo de los chilenos puede leerse, al menos en parte, como expresión de ese tipo de ejercicio del poder llevado al extremo. Las consecuencias ya comienzan a hacerse visibles en el caso de Trump, cada vez más atrapado en la dinámica del conflicto con Irán, y podrían resultar igualmente onerosas para quienes aspiraban emular ese estilo.
Frente a este nuevo escenario, que no será breve, el orden no basta. Una autoridad necesita algo más que disciplina y prolijidad: necesita ofrecer un sentido, un hilo que conecte el presente con un pasado digno de orgullo y con un horizonte compartido, y que permita comprender por qué ciertos sacrificios valen la pena. Sin ese puente, la ciudadanía difícilmente respalda —o siquiera tolera— las durezas de la vida en común, sobre todo en tiempos de verdadera emergencia.
En un artículo reciente de The Guardian se recordaba lo que dijo Kennedy al otorgar la ciudadanía honoraria de Estados Unidos a Churchill, en abril de 1963: que había “movilizado el idioma inglés y lo había enviado a la batalla”. No tanques ni divisiones: el idioma. Churchill no solo condujo una guerra; le dio sentido. Y ese sentido ayudó a que un pueblo soportara el bombardeo, la escasez y el miedo con una dignidad que hizo historia.
Estaba dirigido a Trump, pero no solo a él: vale para quienes miran con desdén el valor de las palabras. No se trata de elocuencia ni de poesía. Se trata de algo más elemental: saber explicar por qué los sacrificios valen la pena; responder a la pregunta que toda sociedad se hace cuando se le exige un esfuerzo: hacia dónde va y para qué.
Quizás Chile necesitaba de las corbatas. Pero con eso no alcanza.