Hace años me tocó reportear el incendio que dañó parte del edificio Diego Portales (ex-Unctad, para los más viejitos). Recuerdo que un conocido arquitecto me comentó —off the record— “una lástima que no se haya quemado entero”. Tal vez era humor negro, tal vez no. Entonces era un espacio oscuro y hermético, que acarreaba una compleja historia, tanto que los transeúntes evitaban esa vereda. Al frente, en cambio, en la esquina con Portugal, estaba el restorán “Valle de Oro”, con su vibrante ambiente de fuente de soda.
Después del incendio y tras un concurso, se concretó una lograda remodelación —obra de Cristián Fernández y Lateral Arquitectura— que abrió el edificio a la Alameda. Así nació, en 2010, el GAM, un centro cultural que se caracterizó, desde el principio, por sus animados espacios comunes, con visitantes de distintas edades y procedencias (y a veces con cierta vibra under).
En 2015 se inició la construcción de la segunda etapa del edificio, incluido un gran espacio para espectáculos, con cerca de dos mil butacas. Pero la proyectada “sala más grande de Chile” vivió un tropiezo tras otro, incluidas la pandemia y la paralización de obras por la quiebra de la empresa constructora.
Se sumó el 18-O, una etapa para olvidar. Emplazado en nuestra criolla “zona cero”, el GAM se convirtió en un espacio pintarrajeado y vandalizado, con una gruta en honor del perro “matapacos” y gruesos insultos en sus muros. ¿Mantenemos los rayados como testimonio cultural?, era entonces el tenor del debate. Algunos locales del lugar, como su librería, ni siquiera podían abrir los viernes en la tarde. Y cada cierto tiempo, jóvenes idealistas, amantes de las “manifestaciones culturales”, provocaban incendios en la obra gruesa de la “gran sala”.
Pero los vientos cambiaron de rumbo. El azotado barrio hoy renace, muy de a poco. La Universidad de Chile inauguró su gran sala para conciertos sinfónicos y acaba de reabrir el incendiado Museo Violeta Parra. Tras remediar problemas financieros, el GAM convoca a distintas exposiciones y también espectáculos de teatro, música y danza. Algunos son estupendos, otros no tanto, pero eso es opinable. Y hay un ciclo de diálogos públicos, bajo el acertado título de “Ventanal Alameda”.
Claro, no soy quién para discutir con el ministro Quiroz. Sé que corren tiempos difíciles para nuestras finanzas. Pero qué buena noticia sería que este gobierno terminara la segunda etapa del GAM. Con apoyo privado (como en distintos espacios del mundo) o sin él, y velando por una continuidad institucional, como ocurrió con la restauración del Palacio Pereira. “No puede haber un cadáver en la Alameda”, me dijo, hace justo un año, la expresidenta del directorio del GAM Claudia Barattini. Concuerdo.
Es sano preservar —y terminar— esos edificios que son parte de nuestra historia. Partamos por el GAM. Y ahí están otros cadáveres (o cuerpos agónicos) como el Club de la Unión, cada vez más desmantelado y con menos cuadros. O la encantadora Casa Obrecht, abandonada en la Quinta Normal. Y no sigamos con la fatídica lista.