Esta semana el Gobierno salió del avión. Si el aterrizaje estuvo marcado por su impronta de orden, la salida de la nave que lo trajo hasta La Moneda ha estado algo más agitada y rodeada de vientos impredecibles.
El más severo y triste de los imprevistos ha sido el asesinato de una docente en un colegio de Calama, a manos de un alumno. Y el evidente temor que se ha despertado de miles de familias que despiden cada mañana a sus hijos en la puerta de las escuelas en todo el país. Estos días ha regresado, además, la violencia en liceos emblemáticos de Santiago, enfrentada esta vez con la reacción enérgica de las autoridades.
Tuvimos, en otro plano, el debate por la caja fiscal, que la oposición ha enfrentado desde la máxima simplificación, para sentar como un engaño la advertencia de la fragilidad de nuestras finanzas y, por tanto, la urgencia de tomar medidas drásticas. No es un tema de fácil comprensión, está cruzado de variables complejas de explicar en una cuña; y las amenazas nunca parecen reales hasta que no las tenemos encima.
Como telón de fondo, y mientras el país intenta asumir que el costo de la vida será mayor, al menos por un tiempo, los indicadores confirman que es prioritario reactivar la economía. La tasa de desempleo cumplió más de tres años sobre el 8% y el crecimiento en el último mes del gobierno anterior completó dos meses en rojo.
Normal. Gobernar es siempre desafiante, alguien podría definirlo como superar todos los días crisis y esquivar errores, sin desviarse demasiado de las promesas. Irse a dormir con la nave a salvo, para amanecer buscando vientos favorables.
A diferencia de las campañas, cuando el centro de la narrativa es el juicio a quienes están al mando, ahora es el Gobierno elegido por la mayoría el que debe enfrentar el escrutinio público. En ese escrutinio, la mayoría de los ciudadanos no distingue entre lo central y lo accesorio.
Decisiones correctas, como la modificación al Mepco (dolorosa, pero inevitable), pueden quedar ahogadas por las formas, un gesto de más o de menos. O aquellas que tarde o temprano tendrán que tomarse, explotan en la cara cuando el camino es equivocado: el caso del Sernameg fue una de ellas.
Todo nuevo mandato presidencial tiene la obligación de explicarle al país en qué condiciones recibió la gestión del Estado. No hay dudas que la administración de Gabriel Boric estuvo marcada por debilidades y deja un saldo de mediocridad que el nuevo Gobierno se ha propuesto superar. Pero pasar la cuenta se agota: la gente espera que los depositarios de su poder resuelvan problemas, incluso aquellos que no han generado.
El primer mes de gobierno se cumplirá en una semana intensa. El Presidente de Chile hará su primera visita de Estado, a Argentina, siguiendo la tradición; y la pregunta en el aire será “dónde está Galvarino Apablaza”. El Gobierno está próximo a enviar al Congreso la Ley de Reconstrucción Nacional, oposición y oficialismo se preparan para disputarse el protagonismo en el debate. El director nacional de la PDI responderá las dudas sobre la salida de la tercera antigüedad de la institución en la comisión de Seguridad de la Cámara.
Dos puntos de referencia que transmite el Presidente Kast pueden ser positivos si logra mantenerlos. Claridad en el camino: con partitura, la guitarra siempre sonará mejor y podrá diferenciarse de la constante improvisación de su antecesor. Y su medida para tomar decisiones no es la popularidad en las encuestas, al menos por ahora.
Esa conducta política admite al menos un matiz: demostrar que la responsabilidad está por encima de todo es una cosa, hacer de la impopularidad permanente una épica, otra.