El lector podrá pensar “aquí viene otra columna de Kaiser criticando al Estado”. Y tendría razón, pues desde que comencé mi carrera de intelectual público hace ya casi veinte años vengo advirtiendo que todo el paradigma analítico instalado en la discusión pública, de que el Estado es el responsable de resolver la mayoría de los problemas de las personas, está equivocado. He señalado en múltiples ocasiones que esta forma de pensar llevaría a una creciente expansión del Estado en detrimento de nuestras libertades y bienestar. Como mi solitaria voz no ha sido lo suficientemente oída, e incluso fue tratada de hereje, entonces repetiré, una vez más, conceptos elementales que deberían ser entendidos por toda persona que quiera pensar como adulto sobre el asunto. En primer lugar, hay que decir que no existe “el Estado” como solemos hablar de él. El Estado ni es un ser independiente de las personas que lo componen, ni tiene inteligencia, ni voluntad, ni racionalidad ni valores morales propios. El Estado, esto lo explicó claramente Max Weber, es un grupo de personas de carne y hueso que detenta el monopolio de la violencia física considerada legítima dentro de un determinado territorio. Punto final. No hay nada místico, ni moral, ni superior, ni mágico, ni bondadoso en ese grupo de personas que lo que hace es ejercer, como dijo el mismo Weber, dominación basada en la violencia sobre los demás habitantes del territorio que controlan. ¿Cómo es posible que pueda existir el Estado? Simple: cobrando impuestos, es decir, extrayendo riqueza a la fuerza de quienes producen. Otro sociólogo alemán, Franz Oppenheimer, explicó el origen histórico del Estado distinguiendo entre medios políticos y medios económicos. Los económicos, señaló, son relaciones de producción e intercambio voluntarias, esto es, el mercado. Los políticos son formas de obtención de recursos coactivas o violentas. Así, señaló Oppenheimer, el Estado surge de grupos de criminales que logran robar su producción a otros grupos humanos menos competentes militarmente hasta llegar a dominarlos por completo. Con el tiempo se producen relaciones de lealtad mutuas, en que los explotados, en otras palabras, los que pagan impuestos, exigen protección cambio. Ahora bien, el Estado puede gozar de legitimidad, pero esto no significa nada desde el punto de vista moral. El Estado nazi claramente tuvo legitimidad por un tiempo entre buena parte de la población alemana. Es precisamente por el carácter criminal del Estado que se han desarrollado doctrinas e instituciones que dan forma a la democracia liberal para evitar que ese grupo de personas aplasten nuestros derechos fundamentales. Hasta aquí, lo que cualquier adulto responsable debería saber sobre el Estado. Vamos ahora a la economía política. El Estado, afirmó el notable economista francés Frederic Bastiat, es una gran ficción en virtud de la cual todo el mundo quiere vivir a expensas de todos los demás. ¿Por qué una ficción? Porque, según Bastiat, el Estado se había elevado a la categórica de un Dios del cual se podía esperar toda suerte de abundancia y bienestar. Como eso era imposible, pues ese grupo de personas que configuran el Estado no pueden dar nada a nadie que no hayan quitado a otros antes, entonces Bastiat predijo que el desanclaje entre las expectativas y la realidad iba a producir una crisis tras otra. ¿Acaso no apunta en esa dirección el debate que estamos viendo sobre la insostenible trayectoria que tiene la deuda pública en Chile? Pero hay más, porque, puesto que el Estado son personas de carne y hueso, solo queda concluir que estos, como todo el resto, persiguen su interés y no el de terceros a los que ni siquiera conocen. Que el Estado sirve al bien común es uno de los mitos más recurrentes y perversos en la discusión pública, pues confunde lo que el Estado en el mundo ideal debería hacer con lo que este hace efectivamente en el mundo real. ¿Cuántos escándalos de corrupción, licencias falsas, bonos fraudulentos por desempeño inexistente, sueldos inflados, parentela metida en redes de poder y un largo etcétera más necesitamos para entender esto? Pero es aún peor, porque, aunque todos los empleados estatales quisieran hacer un buen trabajo, no podrían. Ludwig von Mises, en su libro sobre la burocracia, explicó que, al no tener una guía disciplinaria como las ganancias y pérdidas, lo estatal estaba condenado a ser ineficiente. Por estas razones y otras, el Estado debería reducirse al mínimo. Pero claro, para eso necesitamos un diálogo entre adultos, libre de fantasías y promesas mágicas que solo sirven a los intereses de políticos e intelectuales que viven directa o indirectamente del Estado que idolatran.