Hoy es Viernes Santo, y quien mira la cruz tiene conciencia de su carácter único. No ocurre eso el resto del año, cuando muchos creyentes y no creyentes la miran como un símbolo común. ¿Cómo es que un instrumento de tortura y muerte —hoy podría ser una silla eléctrica— se volvió una imagen familiar y reconfortante? Esa es la gran pregunta para entender el cristianismo. El corazón de la pregunta es existencial. ¿Hay una ruptura que ningún ser humano es capaz de restablecer por su propia justicia? Pero también es una pregunta respecto del carácter de nuestra civilización. ¿Cómo cambia el mundo si el triunfo de Dios solo se da en ese aparente lugar de derrota?
El cambio es verdaderamente enorme. Un símbolo del más grande sufrimiento, de la más grande humillación, habla ahora de salvación. Esa novedad llama tanto más la atención si pensamos en cuán violento era el mundo al que entraba el cristianismo. Podremos admirar su filosofía y otras cosas más, pero hay un lado sórdido del paganismo que no conviene olvidar. Nuestra preocupación por los necesitados y los débiles muchas veces se queda en palabras, pero entonces apenas había eso. Pocos habrían pensado en identificarse con el pobre o el desvalido. La omnipresente exposición de niños no deseados es un buen retrato de ese desprecio por la debilidad. La cruz le da un golpe de gracia —literalmente— a esa mentalidad. Hay una víctima que no es un chivo expiatorio más, y pone fin a la lógica de simple retribución. Y con ello, la idea misma de velar por la víctima o ser compasivo se empieza a situar en el centro de nuestro universo moral.
Como la cruz, esa idea de un deber de compasión se ha vuelto familiar. Se ha vuelto como el aire que respiramos. También tiene deformaciones, como podemos ver en el victimismo y en la manipulación emocional que acompaña a una compasión malentendida. Pero incluso esas deformaciones dan por sentado el valor de la compasión. Son deformaciones de una idea cristiana, no podrían haber surgido en otro suelo. La gran pregunta hoy es si algo así puede seguir dándose por sentado. El cristianismo está en la raíz de algunas de nuestras más elementales nociones morales. Pero, ¿es solo un trasfondo? ¿Podemos tratar esa raíz como un pasado que puede quedar atrás, manteniendo esas nociones en pie? ¿Es posible vivir de capital prestado en materias como estas?
En 1967, un jurista alemán, Ernst-Wolfgang Böckenförde, levantaba esa inquietud de una manera más general. ¿No dependen los modernos Estados democráticos de unos supuestos que ellos mismos no pueden garantizar? Seis décadas más tarde, esa pregunta está más viva que nunca y toca las más básicas premisas de la vida en común. Tal vez se puede vivir por un tiempo de los recursos espirituales de generaciones pasadas, pero es un capital que se agota. La pregunta toca el rumbo de nuestra cultura, pero el Viernes Santo nos recuerda la manera inescapablemente personal en que se responde.