Los ciclos son parte de la naturaleza, del pensamiento y de la política. Desde la caída del Muro de Berlín vivimos años bajo el paraguas del “fin de la historia”, con una confianza incontrarrestable en la democracia liberal y el capitalismo en el mundo entero. Hay países que aprovecharon ese impulso y que se subieron a la ola del crecimiento y del desarrollo, como Chile, Singapur, Corea, Estonia e Irlanda, que hicieron crecer su PIB per cápita a un promedio de 4,2% entre 1990 y 2008, con cambios virtuosos que llevaron, en el caso de Chile, a dos generaciones de chilenos a creer en la libertad, en que se puede más, en que sus hijos vivirán mejor que ellos.
Pero en 2008 vino la gran crisis financiera y el péndulo cambió, las ideas de izquierda avanzaron en el mundo, instalando que el capitalismo que habíamos conocido estaba muerto, que el problema central era la desigualdad (apoyados en Picketty), que el cuidado del medio ambiente primaba en el desarrollo, etcétera. Los hechos los conocemos y los resultados también. Entre 2008 y 2023 los países antes mencionados bajaron su crecimiento del 4,2% al 2,4%; Chile bajó del 4,2% al 1,5%, y Europa, del 1,8% al 0,8%. El nuevo camino, en palabras simples, dio pésimos resultados.
Pero nuevamente vino un giro y el mundo se dio cuenta de que con la democracia liberal, las ideas de la libertad y el capitalismo nos había ido mejor. La derecha, por años avergonzada de sus ideas, salió de la niebla y sacó la voz, con un discurso coherente, con visión y respaldo conceptual.
En Chile no podemos desaprovechar esta ventana de oportunidad. Se requiere audacia y valentía para centrarse en lo verdaderamente importante para retomar el progreso
Hay que instalar en la cultura que los proyectos tienen impactos, que pueden ser parcialmente mitigados, pero no anulados, y que no se puede detener todo aquello que impacte. Que si no hay creación de riqueza simplemente los derechos sociales son una fantasía embriagante; que la eficiencia, y sobre todo la focalización, en lo que el Estado es insustituible, son claves para el orden fiscal. Que el Estado es malo, muy malo, para decidir con rapidez y también ejecutando, por lo que hay que sacarlo de los procesos económicos, de aprobación y también de la ejecución. Y por último, que los derechos de propiedad son piedra angular del progreso.
Sabemos que hay urgencias como el déficit fiscal de corto plazo, la migración, un stock de proyectos detenidos, etcétera. Pero aprendí hace tiempo que las urgencias deben gestionarse, pero delegando y sin gastarse en estas todo el capital, político en este caso, y hay que usar todas las fuerzas en lo urgente e importante, que son los temas transformacionales, que requerirán coraje y el involucramiento desde el más alto nivel para impulsarlo.
Ideas hay. En los procesos de aprobación hay que eliminar infinitos pasos intermedios y discrecionales, recortando reglamentos, normas y poder del aparato estatal, además de tomar medidas como salirnos del Acuerdo de Escazú. Una buena partida sería que las aprobaciones del Estado (centrales, municipales u otras), después de un proceso riguroso y corto, generen derecho de propiedad, para que los privados inicien sus proyectos y, si hay contingencias legales, es el Estado facilitador el que debe hacerse cargo. Y también concesiones, más concesiones y desprecarización de estas asignándoles derecho de propiedad.
Otros puntos relevantes son la reestructuración profunda de todas las reformas educacionales poco exitosas, luego de las cuales no aumentó ni en un punto el puntaje Pisa en 10 años, no disminuyó la desigualdad y no aumentó la cobertura universitaria, pero gastamos mucho más que antes; una reforma impositiva proahorro y crecimiento, que es mucho más allá del impuesto corporativo (el ahorro interno bajó permanentemente 4 pp del PIB post reforma del ministro Arenas); sacar al Estado de la mayor parte de las tareas de ejecutor, ya que no compite, es caro y de mala calidad, y retomar el antiguo concepto —anterior al neoliberalismo— de la subsidiariedad, para abordar el problema fiscal de largo plazo.
La izquierda está muy débil, sin relato, sin sustento teórico y con sus líderes a la deriva. Usemos el capital político para lo urgente, pero verdaderamente importante. Esta generación política puede reencauzar al país en la senda del progreso, pero el péndulo cambiará y si no se actúa con rapidez y con toda la convicción ahora, vamos a ser responsables de no haber tomado la oportunidad histórica, que solo se da pocas veces en un siglo, como lo muestra la historia de nuestro país.
Antonio Büchi B.