Que la guerra de Irán no nos haga olvidar la de Ucrania. Ya van cuatro años de lucha ininterrumpida y no se vislumbra en el corto plazo un final justo. Volodimir Zelenski hace desesperados esfuerzos para que los ataques rusos contra su país no salgan de los titulares de prensa, mostrando cómo los civiles reciben el fuego enemigo y sus soldados pelean con valentía en el frente, al tiempo que persiste en las negociaciones mediadas por Estados Unidos. El país se convirtió en un campo experimental de las nuevas armas del siglo XXI, donde quien tiene más drones y misiles lleva la delantera. Para defenderse, Ucrania depende de los suministros occidentales, sobre todo de los interceptores Patriots, que ahora son vitales en Medio Oriente. El conflicto iraní es una mala noticia para Kiev, y Zelenski necesita más que relaciones públicas para revertir la tendencia que lo amenaza con una capitulación.
La ofensiva contra Irán, en cambio, juega a favor de Vladimir Putin. Llegó en un momento en que la economía rusa estaba en problemas que, si se agudizaban, afectarían el curso de la guerra. Las sanciones le impedían exportar petróleo al precio de mercado (en enero, vendió a India el barril apenas a 22 dólares), comenzaba a notarse el malestar social y había rumores de movimientos políticos en el Kremlin. El líder ruso estaba abierto a negociar, enviando a su representante a una cuarta ronda trilateral con Ucrania y EE.UU., fijada para el 5 de marzo en Abu Dabi. El raid aéreo la dejó en suspenso; el bloqueo del estrecho de Ormuz fue un regalo inesperado: Washington levantó las sanciones al petróleo ruso, la economía repunta y permite a la maquinaria de guerra seguir andando. Putin ya no necesita una tregua y, por lo mismo, intensifica los ataques. Apuesta a que Trump —enfocado en el Medio Oriente, con sus dos enviados especiales para ambas guerras enredados en Irán— pierda interés en Ucrania, y se dilaten las negociaciones hasta que las condiciones le sean más convenientes.
En medio del caos global, Trump sí quiere que esta guerra termine pronto y, como siempre, presiona más a Kiev que a Moscú. Zelenski, con razón, se resiste a entregar a Rusia todo el Donbas antes de definir las garantías de seguridad que le otorgarían EE.UU. y los europeos para impedir una nueva invasión. Sostiene que esa región es parte esencial de la defensa de toda Europa. La discusión sigue, porque Ucrania, antes de ceder, quiere tener claro quién ayudará a financiar el armamento disuasivo y cómo responderían los aliados a una nueva agresión rusa. Hay un comprensible temor a que un acuerdo en el papel, llegado el momento, no se cumpla.
Como mediador precipitado, en su afán de tener algún triunfo internacional rápido y de hacer luego buenos negocios con Rusia, Trump subestima el riesgo de que un mal tratado repita las tragedias de la historia y, de paso, echa por la borda el principio básico de que es ilegítima la conquista territorial por medio de la guerra o la coerción.