José Antonio Kast nunca ocultó que haría un gobierno restaurador. Su discurso ha destacado siempre más por lo que quiere recuperar que por lo que quiere imaginar. En el centro de esa promesa se ubica el rescate del orden. Muchos han elegido creer que eso solo significa enfrentar la inseguridad ciudadana. Pero esa es una lectura liviana, porque atravesamos por una crisis multidimensional y restablecer el orden perdido supondrá un esfuerzo mayor. Si se aspira a que la empresa restauradora resulte exitosa, esto debe ser presentado con sinceridad a la población.
En el centro del problema que enfrenta hoy el país coexisten una desorientación y un desbocamiento que han ido cobrando fuerza de a poco. La mediocridad del último gobierno fue solo una etapa consagratoria de la degradación creciente que viene sufriendo Chile desde hace un par de décadas. No solo se trata de numerosas políticas erradas y mala administración. El problema reviste una dimensión abarcadora que es urgente afrontar: en la base de nuestro desorden hay una crisis moral. Esta se manifiesta, entre otros males, en que nos hemos acostumbrado a vivir más allá de nuestras posibilidades y a demandar lo imposible del resto sin ser exigentes con nosotros mismos.
Recuperarnos será difícil, porque requiere sobriedad y disciplina, dos virtudes que hemos extraviado. No hay atajos para eludir la realidad: tal como les sucede a las personas, también le ocurre a la polis. Una enmienda de este calado requiere sacrificios.
La histeria de la que hemos sido testigos esta semana es una muestra práctica de la austeridad perdida: largas colas de automovilistas en las bencineras; parlamentarios que teatralizan indignación para pedir la renuncia al ministro de Hacienda; voces desesperadas en el oficialismo por un manejo comunicacional que prematuramente juzgan deficiente; rumores de reemplazos ministeriales; la reacción puntillosa de la Contraloría frente a una torpeza en las redes sociales del Gobierno; encapuchados que protestan en la plaza Baquedano.
¿Es necesario recordar que el Gobierno asumió hace poco más de dos semanas y que le quedan todavía otras 206? Sería razonable no anticiparse y darle algo de espacio a un Ejecutivo que recién se instala, evitando la corrosiva ansiedad que muestra la discusión pública por estos días. Hay que tener en cuenta que venimos de años de irresponsabilidad y que el orden no se improvisa.
Buena parte de la ansiedad ambiente es producto de la brusca alza de los combustibles que se verificó el jueves. Hay quienes reprochan al Gobierno por adoptar una terapia de shock y no haber amortiguado el golpe recurriendo a quién sabe qué recursos (inexistentes) en el erario. En una jugada políticamente riesgosa, el Ejecutivo prefirió transferir a costos el impacto del alza provocada por la guerra en el Golfo Pérsico. Es una decisión dura que ya está generando consecuencias, pero de una innegable responsabilidad fiscal. Envía un mensaje restaurador elemental: de aquí en más, solo se gasta lo que se tiene. Hay quienes acusan al Presidente de ser simplón, pero lo cierto es que volver a poner las cosas en su lugar no tiene nada de sencillo.
En definitiva, la restauración del orden que propone el Ejecutivo pasa por diluir una noción tan errónea como ingenua: que los costos de la recuperación los pagarían solo aquellos que se salieron de la fila. O sea, los delincuentes, los disruptores del orden público, los inmigrantes ilegales, los alumnos que protestan y no estudian, los funcionarios públicos que hacen trampa, los empresarios vivarachos, etc. La triste realidad, sin embargo, es que reponer el orden perdido nos saldrá caro a todos: costará sangre, sudor y lágrimas. Mientras antes lo asumamos, mejor nos irá. Es labor de un gobierno honesto comunicar con claridad esta verdad insoslayable.