En los ochenta, la escuela de leyes de la Chile a la que asistí era formal y estricta. Algo fría, como su edificio. La malla era una sola y anual. El método de enseñanza era la clase magistral, que consistía en que el profesor dictaba una materia y sus alumnos tomaban apuntes y, de tiempo en tiempo, se atrevían a interrumpir el discurso con alguna pregunta. Todo estaba imbuido de una apariencia de orden y precisión. La obligación del alumno era conocer la ley al dedillo y memorizarla. Los exámenes eran orales y públicos. Al final de cada examen, quien presidía la comisión procedía a exhibir a la audiencia unas bolitas de colores que indicaban la nota.
En ese ambiente algo asfixiante, uno se encontraba con profesores maestros que inyectaban oxígeno, como Jorge Streeter.
Streeter dictaba el curso de derecho económico para tercer año. No era un curso grande. Streeter tenía fama de ser un profesor exigente y complejo. Difícil de seguir. Impredecible en sus preguntas y contrapreguntas. Atemorizante, en especial en el examen final.
El profesor llegaba siempre a la hora y vestido con la elegancia de un abogado inglés. Se sentaba y empezaba un discurso cautivante. El derecho ya no era una mera descripción mecánica de definiciones, requisitos, características y efectos. Era complejo y lleno de matices. Con historias y contradicciones. Con avances y retrocesos. Con casos concretos, de carne y hueso. La ley y su contenido eran relevantes, por cierto, pero había entramados anteriores y posteriores —los principios, su aplicación práctica y la presión atmosférica del momento—, que hacía que lo que parecía científico mutara en algo artístico, e incluso místico.
Ese arte no era, por cierto, veleidoso, pasajero y displicente. Tampoco era un castillo imaginario en el aire, alejado de la realidad. Había que inyectarle razones, lógica y conexiones con la vida real. Había que conocer cada milímetro del tema en análisis —en especial, los hechos, el tenor de las normas y las distintas ramas del derecho como civil y comercial— y tener planificada de antemano las tácticas y estrategias argumentativas. Porque detrás de cada respuesta del alumno —no importaba si era acertada o no— venía una implacable contrapregunta del profesor.
Streeter nos explicaba (frecuentemente, luego de una ráfaga de preguntas) con lucidez no solo los huesos del sistema legal para la economía de ese momento —sus normas de inversión extranjera, los compendios del Banco Central y la normativa de libre competencia— sino que nos abría los ojos a las normas y tensiones del pasado, a los desafíos interpretativos, al arte argumentativo, a los rincones del orden público económico, e incluso a los sistemas económicos centralizados de corte soviético. Luego de batir toda esa mescolanza —y percibir cierta fascinación de Streeter por la anarquía—, llegábamos a entender cómo el derecho lograba amasar un equilibrio razonable, ese que aceita la convivencia en sociedad. Ese que surge del diálogo.
En los noventa, Streeter dictó un curso especializado de filosofía del derecho para los alumnos de quinto año. Las clases eran en la sala de la facultad, bajo la mirada atenta de unos retratos de señores antiguos. En el primer curso que dictó nos inscribimos unos diez valientes y el primer día de clases nos encontramos con un fardo de fotocopias de lo que serían las lecturas del curso. Ahí conocimos a un Streeter más cercano y accesible, que nos transmitía un enorme cariño por la artesanía profesional y por nuestros futuros. O sea, un tutor, en el mejor sentido de las universidades anglosajonas. Esa experiencia nos ayudó a pulir nuestra capacidad para investigar y escribir. Al final del curso, don Jorge arrendó unas salas de un hotel y ahí nos encerramos todos sus alumnos, con renombrados profesores invitados, para disertar y profundizar sobre nuestras investigaciones. El curso terminó con un asado en su campo. Puro compromiso, cariño y generosidad, en un escenario de alta exigencia.
Dicen que los grandes profesores no transmiten solo conocimientos sino formas de ver, de actuar y de ser. No regalan fotos estáticas. Entregan más bien anteojos, que nos permiten procesar la realidad siempre compleja, contradictoria y cambiante —a ver debajo del agua—, raspando incisivamente los textos en busca de sus sentidos.
Maestros así hay pocos. Se le va a echar de menos.