¿De qué manera evocamos un lugar remoto? Nunca mi imaginación llegó tan lejos como para pensar que la legendaria Ormuz alcanzaría con su oleaje nuestros zapatos empolvados. Usted bien sabe por qué se está produciendo este acercamiento tan brusco de lo lejano: una guerra entre EE.UU. e Irán que se libra en sus aguas ha derivado en una escasez de petróleo y, en consecuencia, en un alza de su precio y el de sus derivados. Chile es importador de petróleo y, por lo mismo, la guerra en Ormuz lo impacta en su bienestar. Por una secuela de causas y efectos encadenados, desde la decisión de ir a la guerra, luego teletransportada por la poderosa economía global, Ormuz vino así hasta nuestras puertas materialmente. Ese acercamiento ha sido acompañado por imágenes televisivas que escasamente dan una impresión de un lugar con un sello de identidad, un lugar que pueda ser narrado. Con todo, hoy, más que evocar, vemos y experimentamos consecuencias.
Pero no es la primera vez que Ormuz aparece ante los ojos de Occidente. Antes ya, de la mano de la literatura, este reino insular (hoy absorbido por Irán) había llegado, si no a Maule, a algunas capitales europeas con un sello diferente. Para usted y para mí seguramente el encuentro con Ormuz (con esa palabra) acaeció cuando leyó o cuando alguien le leyó la “Sonatina” (1895), el célebre poema de Rubén Darío. En ese poema el centro lo constituye una princesa triste, melancólica, encerrada en un palacio dorado. Para superar su tristeza, quiere escapar de su encierro (“Ay, la pobre princesa de la boca de Rosa/ quiere ser golondrina, quiere ser mariposa”) y en medio de esta tristeza sueña y con ese soñar, a través de sus fantasías, de sus ensoñaciones diurnas, de su imaginación herida, escapa a su modo. Darío enumera ciertos príncipes de leyenda en quienes acaso esté pensando la princesa, soberanos cuya inmensidad, abundancia y poderío sirve de medida, en parte, a la melancolía de la princesa; entre ellos menciona al “dueño orgulloso de las perlas de Ormuz”.
Ese verso marcó durante décadas (hasta hoy) mi propia definición de lo que era Ormuz. Darío por cierto no lo conoció y se basa en antecesores: Marco Polo estuvo ahí (al parecer, dos veces), dejando registro de ello en Los viajes (1298), y Luis de Camões la canta en su epopeya Os Luisiadas (1572). Después de ellos, su existencia remota, minúscula, pero evocadora, regresa una y otra vez con los mismos rasgos: riqueza, comercio, exotismo, perlas.
Debo decir, aunque suene a desencanto, que la actual guerra, con su estela de destrucción, deshizo la fina labor de Darío. Ya no es tiempo de evocaciones para Ormuz.