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Editorial
Jueves 26 de marzo de 2026
Medio ambiente, desarrollo e innovación
Congelar el desarrollo solo conseguirá ahogar las herramientas necesarias para combatir los problemas ambientales.
La discusión medioambiental comenzó a darse cuando se detectaron las modificaciones que la actividad humana estaba provocando en los equilibrios del entorno geo-físico-químico, y se entendiera que, a su vez, ese entorno era el que sustentaba dicha actividad. Esa eventual oposición entre desarrollo económico y medio ambiente llevó a que, por ejemplo, los estudios de impacto ambiental procuraran determinar “líneas de base” del entorno pertinente, para así evitar o minimizar los cambios que los proyectos pudiesen imponer sobre él. En ese contexto se fue, sin embargo, acentuando el desencuentro entre medio ambiente y desarrollo, al punto de generar un polo extremo de activistas que creyeron ver en cualquier actividad humana una amenaza ambiental. Luego, afirmaron que esa amenaza era contra la propia naturaleza y, para “protegerla”, pretendieron otorgarle “derechos” que los humanos no podrían vulnerar.
Paradójicamente, tal línea argumental, y toda la que reverbera en zonas cercanas a ella, impacta negativamente sobre el medio ambiente. En efecto, la población humana aspira a mejores condiciones de vida, más allá de si la población sigue creciendo o si, como aseguran los expertos, se estabiliza o, incluso, disminuye, en la segunda mitad de este siglo. Dicha aspiración conecta el desarrollo económico con el cuidado ambiental de una manera opuesta a la mirada que tienen los grupos extremos. Así como alcanzarla depende del desarrollo que sus sociedades logren, también ese desarrollo determina la capacidad financiera que se tenga para restaurar la degradación que haya sufrido el medio ambiente, y la disponibilidad de los recursos necesarios para invertir en recuperar los ecosistemas ya afectados. Más aún, del desarrollo económico depende también la existencia de recursos para la investigación científico-tecnológica requerida para entender mejor cómo y de qué tipo son los cambios geo-físico-químicos que la actividad humana genera, y los costos y beneficios de las distintas opciones disponibles para mitigarlos. Además, de ese desarrollo depende la capacidad para disponer de más y mejores innovaciones tecnológicas, que incorporen nuevos sistemas productivos de energía, cemento o acero, entre muchos otros materiales, que sustituyan la utilización de gases efecto invernadero, o la de utilizar la inteligencia artificial para multiplicar esas innovaciones en múltiples otras direcciones, para mitigar o restaurar el medio ambiente. Por eso, congelar el desarrollo económico, o pretender decrecer, como algunos han insinuado, solo conseguirá ahogar las herramientas necesarias para combatir los problemas ambientales, sin modificar por un instante la aspiración de la población de contar con mejores condiciones de vida. Adicionalmente, esa aspiración no se satisfará si se siguen las directrices de quienes proponen tales caminos.
Así pues, la humanidad no tiene otra opción que enfrentar el problema ambiental hacia adelante, con más y no menos desarrollo económico que entregue más recursos para su cuidado, y con más y no menos ciencia y tecnología que ayuden a conseguirlo. Hacerlo hacia atrás, hacia estadios tecnológicos anteriores al actual, solo acentuará tanto los problemas medioambientales como los de la población. Por lo demás, el uso de ciencia, tecnología e innovación para enfrentar los temas medioambientales, junto con la implementación productiva de todo ello, tiene como subproducto virtuoso la generación de valor en bienes tangibles e intangibles, lo que, de por sí, contribuye a mejorar las condiciones de vida a las que las personas aspiran.
En ese marco conceptual que, lejos de desconocer el valor de la protección ambiental, abre espacios de complementación virtuosa entre desarrollo y medio ambiente, es en el que debiera darse la respuesta del Gobierno frente al debate maniqueo que en estas materias pretende instalar la oposición.