Son muchos los factores geopolíticos, militares, económicos, incluso religiosos, que influyen en la crisis desatada por la guerra en el Medio Oriente, y cuyos efectos ya son globales, pero hay pocas dudas de que el más gravitante y al mismo tiempo el más imprevisible, es el actual liderazgo de los EE.UU. Ningún riesgo es comparable al hecho de que, a la cabeza de la mayor fuerza militar de la historia, con una superioridad incontrarrestable en el campo de las armas nucleares, se encuentra un hombre cuya desinhibición moral y política está a la vista, y sobre cuyo desequilibrio mental se discute hoy en todas partes.
No se ha podido probar que Irán constituyera una amenaza inminente para EE.UU. o Israel. Al igual que en junio del año pasado, el ataque ordenado esta vez por Trump se produjo cuando los representantes norteamericanos negociaban con Irán sobre la cuestión nuclear. Marco Rubio, secretario de Estado norteamericano, dijo al comienzo de los bombardeos que EE.UU. no había tenido otra opción que sumarse al ataque ya decidido por Benjamín Netanyahu. Al cabo de cuatro semanas, numerosos analistas, entre ellos varios exmilitares norteamericanos, sostienen que EE.UU. se metió en un atolladero del que no sabe cómo salir.
El balance es desolador: muerte y devastación; desplazamiento de cientos de miles de personas desde las zonas bombardeadas; posible despliegue de infantes de marina en Irán; ocupación israelí del sur del Líbano; alza global del precio de los combustibles; peligro de ataques a la infraestructura energética e hídrica de Irán y las naciones del golfo Pérsico, etcétera.
Es obvio que ningún proceso político puede explicarse por la acción de un solo individuo, pero la historia aporta pruebas contundentes de que, en determinadas coyunturas, la gravitación de un líder puede volverse determinante, para bien o para mal. En este caso, están a la vista los males causados por Trump, en primer lugar, a su propio país. Ha usado el poder de un modo que ha provocado un ostensible deterioro institucional de los EE.UU. Un solo ejemplo: el Departamento de Justicia, del que depende el FBI, ha llevado a cabo una gigantesca operación de encubrimiento de las ramificaciones de la red del delincuente sexual Jeffrey Epstein, con el fin de ocultar las posibles pruebas de involucramiento del mandatario.
Ha quedado en evidencia que la Constitución norteamericana no era el sólido instrumento que parecía ser, y que el sistema de checks and balances, destinado a impedir la concentración del poder, puede ser burlado metódicamente por un gobernante sin escrúpulos, dispuesto incluso a hacer negocios desde la presidencia o a usar las instituciones para perseguir a los adversarios.
Nada es más imperioso en estos momentos que oponerse a la locura belicista. Ello implica rechazar la obscena lógica de cruzada del jefe del Pentágono, quien invoca a Dios para celebrar las operaciones militares y ha pedido al Congreso un incremento del presupuesto de guerra en US$ 200.000 millones para “matar a los malos”.
Pese a la ostentación trumpista de la fuerza, EE.UU. no es hoy más fuerte. No inspira respeto, sino desconfianza. Se ha convertido en el principal agente del socavamiento del derecho internacional. Es una fuerza desestabilizadora y ha perdido aliados históricos.
La mayoría de los estadounidenses rechaza la guerra de Trump, y el poder de este se va agrietando aceleradamente. El movimiento MAGA, base de su gobierno, se ha dividido frente a la guerra. Todas las encuestas anticipan que, en la elección de mitad de mandato, en noviembre, el Partido Republicano perderá el control de la Cámara de Representantes, que se renueva por completo (435 escaños), y también del Senado, que se renueva solo en un tercio (35 escaños). Si ello ocurre, Trump podría ser sometido a juicio político y destituido. Lo que no se descarta es que tal perspectiva exacerbe sus peores impulsos y lo lleve, por ejemplo, a provocar una situación de conflicto interno que sirva de excusa para no efectuar la elección.
A todos debe importarnos lo que ocurra o no ocurra en EE.UU., en particular la posibilidad de que la corriente de regeneración democrática siga creciendo y permita dejar atrás este oscuro período. Ello condicionará el futuro del mundo, respecto de lo cual la mayor exigencia es impedir que se imponga la ley de la selva.
Chile no puede dar señal alguna de “alineamiento hemisférico” con la arbitrariedad y el belicismo. Es indispensable que abogue por la paz y reafirme su adhesión a los principios de civilización contenidos en la Carta de las Naciones Unidas.