Hay expresiones del lenguaje que se vuelven muy habituales. “Guerra cultural” es una de ellas, o “batalla cultural”, o “guerra de las ideas”. No estamos pensando en Putin ni en el Estado de Israel. Estas últimas son guerras clásicas, en forma, con uso de abundante armamento y con el objetivo de acabar con algún Estado o facción enemiga, ocupar territorios y apropiarse de la riqueza del país derrotado.
Cuando se habla de “guerra cultural”, en cambio, nos referimos a otra cosa, no a una lucha armada entre dos naciones o bandos de un mismo país, sino a un conflicto o enfrentamiento de tipo cultural. En la antedicha expresión, dejemos pasar la inadecuada palabra “guerra” y fijémonos en el término “cultural”.
La palabra “cultura” tiene varios significados. Una acepción muy común, restringida, es la que concierne a todo cuanto tiene que ver con la creación, producción y difusión de las artes; y otra, muy amplia, alude a todo lo que resulta de la acción conformadora y finalista de los seres humanos, a todo lo que estos hacen o conforman para que cumpla alguna función y finalidad determinadas, a todo, en fin, lo que hombres y mujeres han sido capaces de colocar entre el polvo y las estrellas. Todo. Desde las comidas que se preparan hasta las ciudades que se construyen; desde una simple caña de pescar hasta los grandes terminales pesqueros; desde la invención de la bicicleta a Internet.
“Guerra cultural” no se emplea en ninguno de aquellos dos sentidos de la palabra “cultura”, ni en el restringido ni en el muy amplio que acabamos de presentar, sino en el de un conjunto de creencias, ideas, tradiciones, preferencias, prejuicios, intereses, modos de actuar y maneras de sentir y de pensar que predominan en algún grupo social y que buscan dominar o imponerse por la costumbre, la persuasión o simplemente de hecho. Se trata ahora de la cultura como un ethos, como el sello característico de una comunidad dada, y es por eso que, por ejemplo, se puede hablar de la cultura francesa y también de la chilena.
Ese fue el sentido en que el intelectual italiano Antonio Gramsci empleó la expresión “guerra cultural”, que él propició desde el marxismo como una manera de imponerse en la “batalla” de las ideas, una iniciativa que han copiado ahora otros países para oponerse a fuerzas de izquierda o simplemente progresistas. Con todo, en sociedades abiertas y democráticas puede haber tanto una cultura dominante como culturas de minoría que se diferencian unas a otras y tratan de poner término a la hegemonía mayoritaria, enfrentándose entre sí y polemizando, especialmente en el campo de la educación, la instrucción política y la formación de personas. Quienes participan en una “guerra” cultural se transforman en activistas de sus respectivas posiciones, cada cual presentándola como la verdadera o correcta, intentando conseguir aceptación y en lo posible dominio.
Pero es un hecho que en este tipo de disputas no hay tal “guerra”, sino prácticas democráticas propias de una sociedad plural, esto es, diversa, a la vez que pluralista y tolerante, o sea, que reconoce y acepta la diversidad, de manera que nunca un determinado sector de ideas gana o se impone para siempre y ni siquiera por largos períodos. Claro que cada sector financia generosamente a su propia trenza.
¿Guerra cultural, entonces, o pluralidad, pluralismo y métodos democráticos para la adopción de decisiones de gobierno, en especial cuando las llamadas “guerras culturales” no pasan de ser más que trifulcas políticas de poca monta o simple lucha de intereses materiales contrapuestos?