Hoy, 25 de marzo, se conmemora la Anunciación, un gigantesco evento, aun para los no creyentes, porque se inicia una secuencia que desemboca en nada menos que el surgimiento del cristianismo. Por otro lado, la Anunciación ha sido tema de grandes cuadros religiosos. Por lo extraordinaria que es la escena. La Virgen leyendo tranquila, el Arcángel Gabriel que de repente irrumpe, la inmensidad de su mensaje, el asombro de quien lo oye.
La primera vez que entendí la oportunidad que la Anunciación les ofrece a los pintores fue cuando vi una de Lorenzo Lotto, pintada hacia 1534. Lotto capta el momento en que la Virgen oye el mensaje, pero curiosamente ella le ha dado la espalda, tanto al Arcángel como al atril en que reposa el libro que leía. Nos mira más bien a nosotros, y nos extiende las palmas en gesto de sorpresa o de duda.
El Arcángel ha pisado el suelo con su rodilla derecha, en deferencia a la Virgen, pero también para frenar, porque su largo pelo que vuela con el viento sugiere que viene llegando a gran velocidad. Con toga azul, y alas verdes, porta un lirio blanco, símbolo de la inocencia de la Virgen. Atrás, en una nube, está Dios Padre. De toga, de un rojo idéntico al del vestido de la Virgen, apunta a ella, como para enfatizar el mensaje del Arcángel. Pero ella tampoco lo ve a él: sigue dándole la espalda a todo lo que ocurre. Como impactado por el dilema, un gato corre entre la Virgen y el Arcángel, sus ojos luminosos dirigidos hacia él, como para interrogarlo. La sorpresa lo tiene al gato con la espalda arqueada, los pelos de punta, las patas delanteras levantadas.
En este gran cuadro conviven el pasado, el presente y el futuro, por el incansable movimiento que le da Lotto y, claro, por lo que sabemos del desenlace. Pero por mucho que conozcamos el desenlace, el cuadro está cargado de suspenso: sugiere que podría haber sido distinto, y por tanto le da una tremenda importancia al libre consentimiento que la Virgen ha de dar.
En realidad, son pocos los pintores de la Edad Media o del Renacimiento que no se han tentado con esta conmovedora escena, sobre todo cuando deciden abandonar el tratamiento hierático que se le daba originalmente, y se ponen a explorar todo su potencial dramático.
En sus obras hay matices fascinantes. A veces el Arcángel es más grande que la Virgen, a veces más chico. Generalmente está a la izquierda del cuadro, pero a veces, como en el de Lotto, a la derecha. La Virgen puede tener los brazos cruzados, las palmas apoyadas humildemente en el pecho, o los puede tener extendidos, las palmas abiertas, como en el Lotto. Las expresiones de la Virgen varían: alegre, perpleja, sumisa, agradecida. Rara vez sabemos qué libro lee, pero a veces, como en el Duccio de la National Gallery de Londres, pintado hacia 1508-11, logramos descifrar las palabras. Son las de Isaías 7:14 que vaticinan que “una virgen concebirá y dará a luz un hijo”. A menudo caen rayos de luz: emanan o de Dios Padre, o del Espíritu Santo como paloma. A veces el Arcángel porta un rollo escrito con palabras dirigidas a la Virgen. Suelen ser las de Lucas 1:28. O sea, nada menos que esa primera mitad del “Dios te salve, María” que recitamos sin siempre acordarnos que son las palabras de Gabriel. Lo más común es que María y el Arcángel estén solos. Pero puede haber algún relato contiguo. Una concurrida ciudad a lo lejos, un precioso jardín como el del Leonardo en los Uffizi, o en un rincón, la razón de ser de la Anunciación: Adán y Eva tras cometer el pecado original que urge redimir.
Más tarde, en la Contrarreforma, la escena se puebla más. Turbas de ángeles observan desde espesas nubes. Y la Anunciación va adquiriendo cada vez más la estampa de cada pintor. La de El Greco en El Prado es en su vertiginosa verticalidad un típico El Greco. La de Tiepolo del Hermitage tiene la blanda dulzura de un Tiepolo.
Pero todas nos llevan a reflexionar, a conmovernos en un día como hoy.