Se dice que las palabras generan hechos; pero también ocultan intenciones y falencias. El conjunto de ellas, el lenguaje, tiene por objeto fundamental comunicarnos entre las personas y transmitir conocimientos, afectos, sensaciones, objetivos y decisiones. Constituyen un elemento fundamental de la vida en comunidad. En boca de quienes encabezan un grupo transmiten la voluntad directora. Sin ellas, desaparece la capacidad de conducción.
Esto vale particularmente en este momento inicial de un nuevo gobierno, en que el Presidente necesita señalar un rumbo al país. Y el país, a su vez, necesita de la voz presidencial para conocer hacia dónde se nos conduce y de qué manera se ejerce el mando.
Más allá de los gestos demostrados y de los símbolos expuestos, que han sido objeto de numerosos análisis, vale el momento para señalar la trascendencia de la palabra patria que ha tenido protagonismo durante estos primeros días.
No es una que se la emplee en cualquier momento. Señala la existencia de un vínculo profundo que une a la comunidad nacional más allá de las eventualidades cotidianas. También es propia de ciertas solemnidades. Pero es particularmente significativa cuando reaparece en momentos críticos, cuando se percibe una amenaza que apunta a nuestra destrucción. En síntesis, no es una palabra baladí que sirva de comodín para oradores inspirados. Su empleo revela la trascendencia de los momentos en que aparece. Es el caso de ahora, luego de una larga década en que se ha promovido la destrucción del país para reemplazarlo por una entelequia ideológica que ha traído divisiones, desesperanzas y ruinas.
Pero junto a ella también se han reiterado afirmaciones terminantes, siguiendo el estilo manoseado de los anteriores destructores para esconder sus negativas o incapacidades para actuar. El Presidente dijo en su discurso inicial que el gobierno de emergencia “…es orden donde hay caos. Es alivio donde hay dolor. Es mano firme donde hay impunidad”. Este modo de afirmar quedó desvirtuado porque sirvió para disfrazar a los destructores, y ahora es indispensable eludirlo.
Diga “buscaré que haya orden donde hay caos; buscaré ser alivio donde haya dolor; buscaré ser mano firme donde hay impunidad”. No se está encubriendo sino afirmando lo que está en la posibilidad del gobernante. El resultado siempre será “hasta por ahí”, porque no está en la mano de uno solo lograrlo. Lo fundamental es que nunca deje de ser creíble en medio de la siempre confusa realidad.