ATAQUES VERSUS DEFENSA. Existen épocas en las que es más barato atacar que defender y esta parece ser una de ellas. Según estimaciones del Center for Strategic and International Studies (CSIS), un dron Shahed, como los que Irán lanza a diario, cuesta entre US$ 20.000 y US$ 50.000, dependiendo de su tamaño y grado de avance. Mientras que un misil de una batería estadounidense Patriot bordea los US$ 4 millones. En un cálculo realizado por la agencia Reuters, se llegó a la conclusión de que, por el valor de un interceptor Patriot, se pueden producir 115 drones de un solo uso. Mientras no se logre un equilibrio que vuelva a elevar las barreras de entrada para las tecnologías ofensivas respecto a las defensivas, los especialistas estiman que se observarán más conflictos, ya sean protagonizados por Estados o por actores no estatales. Los rebeldes hutíes, que cuentan con el claro auspicio de Teherán, ya habían entendido esta ecuación.
SUR GLOBAL. El llamado “Sur global” es menos solidario de lo que se pensaba y, peor aún, también propenso a trenzarse a golpes. India y Pakistán habían dado muestras claras en sus recientes escaramuzas en las alturas. Ahora, en su respuesta frente a Estados Unidos e Israel, Irán no ha dudado en atacar a los Emiratos Árabes Unidos, con quien, por lo demás, comparte membresía en los famosos BRICS, países que se sienten llamados a reformar la distribución del poder global. Será interesante ver qué ocurre en su próxima cumbre prevista en India. Mientras tanto, China y Rusia tampoco dan mayores muestras de ir al rescate de Teherán.
MAR Y ECONOMÍA. Si el intento de bloqueo de las costas ucranianas por fuerzas navales rusas, la sequía del Canal de Panamá y el accidente de un portacontenedores que taponeó Suez no habían sido prueba suficiente de la dependencia de la economía global de la apertura de los mares, el cierre de facto del estrecho de Ormuz por los ataques iraníes contra tanqueros está impulsando el alza del precio del petróleo, 20% del cual emplea esa ruta para salir hacia los mercados mundiales. Por más detestable que sea el régimen de los ayatolás, la factura de la disrupción causada por la operación “Furia Épica” estadounidense-israelí va a ser repartida en todas direcciones. De ahí también la importancia de las armadas en la seguridad económica de los países. No hay prosperidad sin océanos abiertos. El futuro portaaviones galo se llamará “Francia libre.” Nada más elocuente.
ALGO MÁS QUE PETRÓLEO. Más allá del obvio impacto en los precios del crudo y del gas, la guerra en curso en el Medio Oriente está afectando otras industrias, como la agroalimentaria, que se nutre de fertilizantes producidos en esa región (la mitad de la urea mundo), existe preocupación en Argentina y Brasil por lo mismo. También los dinámicos países del Golfo, castigados por Irán, son productores de aluminio, material de amplio uso, por ejemplo, en aviones, autos y construcción. Pero, además, dentro de su apertura y modernización, Emiratos y Baréin se convirtieron en sede de importantes data centers de empresas como Amazon, los mismos que hoy están bajo ataque de drones y misiles de Teherán. Como si no bastara, la inteligencia artificial consume grandes cantidades de energía, que ahora será más costosa.
LA PERMANENCIA DEL RIESGO. Por más sofisticado y digitalizado que parezca el sistema financiero actual, sigue estando profundamente anclado al mundo físico. Las cadenas de suministros globales han ido acumulando riesgos a lo largo de sus kilométricas extensiones, que hoy se manifiestan a través de guerras, desastres naturales y accidentes, resaltando así su fragilidad. Hasta ahora, los mercados globales han sido más inmunes ante los conflictos de lo que se preveía. De hecho, el índice VIX, creado para medir la volatilidad económica sobre la base del comportamiento del S&P 500, se disparó más el año pasado con el alza masiva de aranceles lanzada por el Presidente Donald Trump durante el “Liberation Day”, que por la invasión rusa a Ucrania en 2022. Pero cuando empezamos a ver “una batalla tras otra”, inversionistas, bancos y empresas comenzarán a darse cuenta de que el riesgo no es esporádico ni latente, sino estructural y manifiesto.
HACIA CHILE. Es cierto: hoy no parecen existir muchos refugios seguros. Como importador de hidrocarburos, Chile pagará costos de la III Guerra del Golfo, aunque también puede verla como un renovado impulso para producir sus propias energías. También debe entender que su lugar no está en el “Sur global”, sino en el Pacífico suroriental, una región periférica del Indo-Pacífico, pero parte integral de este tablero. La necesidad de contar con una armada potente se impone sola ante la evidencia que arrojan los inestables mares actuales. Por último, no suena irrisorio aprovechar la lejanía relativa de las zonas de conflicto como un atractivo adicional para atraer más data centers.
Juan Pablo ToroSenior Research Fellow, AthenaLab