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Editorial
Domingo 22 de marzo de 2026
Oponiéndose a todo
De la forma en que enfrente el alza del petróleo, incluyendo una cierta flexibilidad en el discurso, dependerá gran parte del éxito de su agenda en estos primeros 90 días.
Transcurrida ya más de una semana del cambio de mando, uno de los aspectos más notorios en el ámbito político ha sido la desarticulación de la oposición, la que de forma desordenada y sin mayor reflexión o discriminación razonada rechaza automáticamente cualquier proyecto, medida o conducta de las nuevas autoridades de gobierno. Más allá de algunas frases cliché —del tipo “quiero que al Gobierno le vaya bien, pues si eso ocurre a los chilenos les va bien”—, hasta ahora han dado un triste espectáculo, que muestra que tras su paso por el gobierno no ha habido mayor aprendizaje y que la política sería para muchos de sus dirigentes solo una herramienta para recuperar o mantener el poder y que las ideas, decisiones y comportamientos solo tienen sentido en función de ese objetivo.
En este corto tiempo, ejemplos de ello ha habido muchísimos. Desde el apoyo de la oposición (incluyendo al Socialismo Democrático) a la candidatura de Pamela Jiles en la Cámara de Diputados —hábil parlamentaria que es el símbolo de los retiros de los fondos de pensiones que desestabilizaron la economía, y que reiteradamente amenaza con volver a ponerlo en tabla—, lo que es contradictorio con su discurso reciente, que resaltaba como un legado el haber supuestamente “estabilizado la economía”, hasta comportamientos como el del diputado Manouchehri (PS) —hoy el principal protagonista del socialismo en los medios, cercano al exministro del Interior Álvaro Elizalde—, que ofició a Contraloría para se determinen las responsabilidades de la Primera Dama por servir la comida en el casino sin guantes ni mascarilla, negó la unanimidad en la sala de la Cámara para que ingresara el subsecretario de Justicia y se refirió a la agenda legislativa de Kast como “turbazo legislativo”.
Hay detrás de ello un abrazo a un discurso populista que ofrece respuestas fáciles a problemas complejos, sin mayor consideración de las consecuencias económicas o institucionales de su comportamiento. Quizás el ámbito donde esta falta de aprendizaje de los errores se evidencie con mayor notoriedad sea precisamente la dimensión económica. El preocupante cierre de las cuentas fiscales el año 2025 fue el resultado de continuos descuidos administrativos, desatención a las alertas e inoperancia técnica. No existe otra forma de explicar el espiral de déficit fiscal que culminó con un descalce entre ingresos y gastos, cuantificado en 3,55% del PIB durante el año recién pasado. Algo similar puede decirse del altísimo desempleo con el que terminó el gobierno de Boric o el bajo crecimiento logrado en su período.
El discurso trasnochado del líder del PC que rechaza el retiro del Congreso del proyecto de negociación ramal acudiendo al argumento de que “se pone el acento particularmente en el gran capital y se descuidan los derechos de los trabajadores”, es una buena muestra de ello. La presidenta del FA, Constanza Martínez, frente a la batería de proyectos anunciados por Kast, recurre a argumentos todavía más extravagantes, como que con ellos “se están poniendo en riesgo ciertos principios de la economía chilena”. Incluso varios altos dirigentes han llegado al extremo de criticar la declaración del ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, en que anuncia la inobjetable decisión del Gobierno de perseguir el cobro de los deudores del CAE, muchos de ellos de altos ingresos.
Lo que es más grave todavía, es que tras estas declaraciones aflora en algunos dirigentes de izquierda la esperanza de que vuelvan las protestas en la calle y los paros —el país tiene recuerdos frescos de cómo puede terminar ello— para presionar indebidamente por un cambio de rumbo en las políticas públicas.
Logros y riesgos en el inicio del Gobierno
El balance de estos primeros días de Kast ha sido positivo. Ha conseguido desplegar una agenda abrumadora del llamado “gobierno de emergencia” y, en general, en contraste con la administración anterior, sus ministros transmiten seguridad de tener los objetivos claros y de estar preparados para liderar esa tarea. Con una oposición sin mayor credibilidad en la ciudadanía y carente de un proyecto político serio, que no sea intentar volver lo antes posible al poder, el desafío es avanzar evitando cometer errores gruesos que le hagan perder el control de la agenda y darles así un respiro a sus detractores.
Las dificultades estarán en la materialización de sus proyectos —¿cuántos de los conocidos hasta ahora llegarán a puerto?—, su calidad técnica y la urgencia de ir disipando la incertidumbre y otras consecuencias indeseadas que generan las propuestas. Por ejemplo, el solo anuncio de la suspensión del IVA en la construcción tiene efectos negativos inmediatos en el mercado —una especie de paralización de las ventas—, a la espera de que el cambio se produzca.
Otro flanco abierto es el alza del petróleo, producto de la guerra y el impacto en la economía. De la forma en que enfrente este problema inesperado, incluyendo una cierta flexibilidad en el discurso, dependerá también gran parte del éxito de su agenda en estos primeros 90 días.