La guerra de EE.UU. e Israel contra Irán ya se acerca a las cuatro semanas y los líderes de los países involucrados no ven, hasta ahora, razones para detenerla. El Presidente Donald Trump declaró hace unos días que no quiere negociaciones pues las condiciones aún no le complacen, y avisó que podría bombardear el principal centro de exportación de petróleo iraní “solo por diversión”.
Francis Fukuyama, un distinguido intelectual, siempre ponderado, ha advertido que el mundo se ha tornado un lugar muy peligroso porque EE.UU., el país más poderoso, está bajo el control de un preadolescente, un niño que “descubre en el patio trasero de su casa un lanzallamas, y ahora está disfrutando de quemar cosas”.
Los disparos de misiles balísticos, los ataques de enjambres de drones, los bombardeos de saturación ya casi no llaman la atención. Estamos ante la banalización de la guerra y la marginación de la diplomacia para resolver controversias.
Mueren decenas de niñas inocentes en una escuela básica en la localidad iraní de Minab, producto de un misil disparado por EE.UU., supuestamente por una falla de inteligencia, y no hay escándalo mundial. El Ministerio de Salud del Líbano informa que los bombardeos de Israel sobre posiciones de Hezbolá, en represalia al lanzamiento de misiles de la milicia hacia territorio israelí, cobraron alrededor de 900 muertos, incluyendo 107 niños, y apenas aparece en los medios. Teherán ataca reiteradamente territorio israelí, y aeropuertos, hoteles, yacimientos petroleros, y bases estadounidenses en los países del Golfo, y ya nos acostumbramos a una realidad de conflicto regional.
Los aliados de EE.UU. han mantenido distancia del conflicto, sin perjuicio de condenar la dictadura represiva de Teherán, así como su programa nuclear. Ante el llamado de Trump a países aliados para sumarse a las operaciones militares para desbloquear el estrecho de Ormuz —por donde pasa un 20% del transporte mundial de petróleo y fertilizantes para la agricultura—, la respuesta de los países contactados ha sido que esa no es su guerra. Trump advirtió que habrá repercusiones adversas para la OTAN, y sostuvo: “No necesitamos la ayuda de nadie”.
Teherán resiste obstinadamente, guiado por una estrategia de venganza y autosacrificio, para agotar al enemigo bajo la noción de que Irán tiene una mayor tolerancia al dolor que EE.UU., aunque las consecuencias sean nefastas para su país.
Mojtaba Jamenei, el nuevo líder supremo que sucedió al asesinado ayatolá Alí Jamenei, respalda la estrategia de la Guardia Revolucionaria de continuar el conflicto y seguir atacando a los países del Golfo. El régimen teocrático codifica su victoria en que aún no han colapsado. La presidencia del país ha perdido influencia y el ejército se mantiene en silencio.
La eliminación por un misil israelí de Ali Larijani, un político influyente y pragmático, jefe del Consejo Superior de Seguridad, fortalecerá la estrategia suicida de la Guardia Republicana de resistir y no negociar. Esto favorece la posición de Tel Aviv de seguir presionado por una derrota total del régimen iraní.
Benjamin Netanyahu pretende seguir adelante con la guerra porque tiene amplio apoyo político interno; en cambio, en EE.UU. hay señales de división frente al conflicto. La renuncia del director del Centro Nacional de Contraterrorismo, Joe Kent —asegurando que no había un peligro inminente para EE.UU. y que Washington fue arrastrado a la guerra por la presión de Israel—, es una clara muestra de la división en el seno del movimiento MAGA que apoyó a Trump por oponerse a emprender nuevas guerras.
El problema principal de Trump es que calculó mal la capacidad de resistencia de Irán, y no tiene una estrategia de salida.
Trump titubea entre negociar algún tipo de arreglo que le permita declarar victoria, o bien seguir golpeando a Irán hasta conseguir algún tipo de rendición. La idea original de un cambio de régimen ha sido abandonada.
Un objetivo inmediato para la Casa Blanca es neutralizar los efectos nocivos del conflicto en los mercados globales del petróleo. Por eso, Trump suspendió las sanciones a las exportaciones de petróleo ruso, ahora con altos precios, un alivio para Putin en su guerra contra Ucrania. Igualmente, la Casa Blanca le dijo a Israel que no siga bombardeando la infraestructura petrolera y gasífera de Irán.
Entre tanto, la guerra de Rusia contra Ucrania continúa; los medios no cubren la guerra entre Pakistán y Afganistán; y los ataques y muertes en Gaza no cesan. Los urgentes llamados a un cese al fuego no son escuchados y la comunidad internacional permanece impávida frente a la escalada bélica. Son tiempos de banalización de la guerra y la violencia armada, y ya no hay un orden internacional guiado por reglas.
Heraldo Muñoz Fue canciller de Chile entre 2014 y 2018