El gobierno de Kast empezó con todo. De eso pocas dudas caben. Anuncios, envío de decretos, retiros de decretos, destituciones, zanjas. Todo junto.
Nada de lo que está haciendo no lo había dicho o no lo había insinuado. Al mismo tiempo, la estrategia es coherente con su historia, con la crítica al gradualismo de Piñera, con la crítica a la “derechita cobarde”. Y si bien no se le puede catalogar de ultraderecha, esta sí es la derecha en serio. A mucha honra, lo reconocen.
Las corbatas se transforman en algo más que un mero código de vestimenta, son un símbolo de combate. Es el pañuelo verde, es el puño en alto. Pero, obviamente, en sentido inverso.
Cada vez parece más clara la chapucería que significó el gobierno anterior. El desorden, la desidia y la ideologización. Todo lo cual tenía asfixiado al país, a las expectativas y a la esperanza. De ahí el intentar bajar el impuesto a las empresas, cobrar el CAE, subir las bencinas, bajar el IVA de la construcción, revisar decretos ambientales de última hora y remover supuestos operadores.
Muchas de las medidas anunciadas son correctas. Otras son discutibles.
La maniobra ha sido arriesgada, pero —hasta ahora— comunicacionalmente efectiva.
La oposición ha quedado completamente grogui. Y está profundamente desorientada. Haber intentado poner a Pamela Jiles al mando de la Cámara de Diputados —el emblema del populismo y enemiga acérrima del gobierno anterior— es el mejor ejemplo de ello. Un pataleo desesperado. Un palo de ciego. El Manouchehrismo es otro. Hoy la oposición está siendo una montonera, sin objetivo, sin orientación y sin sentido.
Hasta ahora.
Porque el exceso de entusiasmo del Gobierno los puede terminar uniendo a todos. Y ahí van a penar las frasecitas de las ranas, de los arbolitos y otras que con cierta soberbia se han esgrimido. Corren el riesgo de transformarse en las flores de Larrain o en la gotera de Varela.
El diagnóstico de Kast fue claro: el gradualismo no sirve, hay que partir con todo. Y el ejemplo a mano es el de Milei, frente al fracaso de Macri.
Pero Milei ha podido hacer todo lo que ha hecho porque ha cumplido la promesa clave que era la inflación. De la misma forma, Kast podrá seguir adelante su arriesgada ofensiva en la medida que cumpla con su promesa clave que es la delincuencia. Y eso no se ve nada fácil. No hay ninguna señal en ese sentido.
En un régimen presidencial como el nuestro, la capacidad de gestión se basa casi exclusivamente en la popularidad del Presidente. Cuando ella se ve dañada, se le acaba todo. Como advertía Maquiavelo, no basta con conquistar el poder; hay que saber consolidarlo. Y en el propio “El Príncipe”, advertía que los cambios profundos generan enemigos entre quienes pierden con ellos y apenas tibios defensores. Aquello sigue teniendo plena vigencia. La Convención fue una muestra de eso.
Quien abre demasiados frentes corre el riesgo de no dominar ninguno. En vez de dar imagen de fortaleza, puede terminar proyectando ansiedad. En vez de instalar dirección, puede transmitir dispersión.
De aquello se debe cuidar el Presidente Kast. Pero —sobre todo— debe tener claro que, si no hay avances relativamente rápidos en delincuencia, todo el resto puede tambalear.