Los finales del régimen comunista cubano pasan casi desapercibidos. Hay señales de que el derrumbe comenzó. La guerra en Irán concentra la atención. Oportuno es mencionar la tóxica intromisión del régimen castrista en Chile. Radicalizando el gobierno de Salvador Allende con la visita de 24 días de Fidel Castro, en 1971; enviando armas para desencadenar una guerra civil, en 1986; financiando por décadas la violencia de la extrema izquierda y del brazo armado del Partido Comunista de Chile (PCCH); entrenando y armando cuadros que cometieron atentados terroristas y secuestros, delitos y asesinatos en democracia; dando refugio a los asesinos del senador Jaime Guzmán Errázuriz, Cuba ha sido el país que más ha interferido en la política interna chilena. Memorable fue la cercanía de Michelle Bachelet con el régimen cubano. Durante su presidencia realizó dos viajes a Cuba y tuvo una larga y cálida entrevista con Fidel, en 2016
Por décadas, se anunció la caída del régimen cubano. En su libro, bajo un título similar a esta columna, Andrés Oppenheimer, en 1992, sostuvo que el fin de la Unión Soviética acarrearía el final del castrismo. Lo mismo se repitió en 2008, cuando Fidel dejó el poder; nuevamente a su muerte, en 2016, y otra vez en 2021, cuando Raúl Castro transfirió la presidencia de Cuba y la dirección del Partido Comunista cubano al actual titular, Miguel Díaz-Canel. Y nada de aquello ocurrió.
Todo ha cambiado estos meses. Desde inmortal a moribundo transita el régimen cubano. La caída de Maduro, en enero, le privó del financiamiento y del petróleo que le procurara la Unión Soviética. Luego Rusia, México y China desde permanentes a episódicos son sus aportes petroleros, optando por ayudas humanitarias, al igual que Chile recientemente. La miseria en que se debate el pueblo cubano se agudizó desde fines del año y no se compensa con ayuda exterior. El aislamiento del régimen ha llegado al extremo. Este mes Ecuador y Costa Rica cerraron sus embajadas en La Habana y, finalmente, se reconoce que Trump y Díaz-Canel negocian reformas en Cuba. Cualquiera sea el resultado de tales negociaciones, ha comenzado el derrumbe.
De prosperar los cambios, habrá mayores espacios para la libertad y progreso del pueblo cubano, y también para la diplomacia del Presidente Kast, que debería decidir pronto el nivel de relaciones con Cuba, si nombra o no embajador en La Habana. Tal vez volveríamos a un encargado de negocios y a una misión reducida, o a un cónsul, como durante el gobierno del Presidente Aylwin.
La caída del régimen cubano será un fracaso letal del comunismo, y de un modelo que inspiró y logró solidaridad de amplios sectores de la izquierda chilena por más de medio siglo. Con el fin del castrismo se fortalece la democracia y la unidad del continente, y el PC chileno será anomalía en Occidente, único partido de esa ideología, de alguna relevancia, sobreviviente en América y Europa.