Hace muchos años, el Times de Londres hizo un concurso acerca de cuál sería el titular menos interesante del mundo. El ganador fue “Pequeño terremoto en Chile”. Esto mostraba lo que era Chile en ese entonces: un país donde no pasaba nunca nada grave, tranquilo y sin mucha novedad. Esto, por cierto, fue antes de los años 60, cuando comenzó la era de las planificaciones globales, de los proyectos excluyentes, del juego de suma cero, cuando la palabra clave comenzó a ser “Revolución”, ya fuera en libertad o con empanadas y vino tinto, cuando la inspiración era no solo transformar todo, sino que a cualquier precio, para encontrar al Hombre Nuevo.
En este contexto, el discurso del Presidente Kast al asumir el mando no daba para ganar el concurso como la alocución más notable del siglo. Ciertamente, no abundaban en él ni la retórica hiperbólica épica, ni las abstracciones filosóficas. Sino, más bien, contenía una descripción de las metas y objetivos que pretendía alcanzar en cuatro años, aunque no carecía de ideas centrales y motivadoras, como lograr la pacificación de los espíritus y un mayor grado de unidad nacional. Es por eso que a muchos les pareció correcto, coherente con la ocasión y tranquilizador.
La pregunta que debemos plantearnos es si esta característica de pragmatismo es única y principal de la persona del Presidente o responde en parte también a lo que es la esencia del pensamiento liberal conservador que él representa.
Las derechas y las izquierdas se relacionan con la política en forma diversa. Para las derechas, las identidades personales no están tan determinadas por los proyectos colectivos, pues influyen en su diseño múltiples otros factores, como la familia, la religión, las relaciones personales y los proyectos individuales, mientras que en el pensamiento de izquierda la política juega un rol mucho más central en la vida de las personas. En la tradición del pensamiento de las derechas, la política tiene una función esencial para establecer las normas y los mecanismos para resolver los conflictos entre los legítimos distintos intereses existentes, pero la esfera de lo público propiamente tal es más reducida. Hay problemas que se estima que no pertenecen a ese ámbito y son propios de la autonomía individual, y no requieren de la intervención de los gobiernos ni de soluciones públicas.
Por el contrario, el discurso de las izquierdas ha sido siempre mucho más épico, precisamente porque trata de la transformación profunda de la sociedad, de la lucha contra la realidad y las injusticias, la liberación de los oprimidos y la construcción de un mundo nuevo, muchas veces equivalente al paraíso en la tierra. Ciertamente, la grandiosidad de esos objetivos requiere un lenguaje que lo inspire y movilice emocionalmente para esa batalla histórica por cambiar el orden social.
Lo anterior no tiene comparación con la modestia de los propósitos liberal-conservadores de simplemente identificar los problemas concretos de las personas y tratar de buscar soluciones para un mayor bienestar general. Frente a la revolución ofrece no el statu quo —como a veces se caricaturiza—, sino la reforma gradual; valora la continuidad y frente a las recetas dogmáticas ofrece el ensayo y el error. Busca el orden y la estabilidad institucional y del régimen político, la gestión eficiente de la realidad existente, la responsabilidad personal, el crecimiento económico para mejorar la calidad de vida de todos y la seguridad como un elemento esencial para ejercer la libertad personal. Sobre todo, refleja una profunda desconfianza hacia los proyectos utópicos que desafían la complejidad social y terminan en tragedias destructivas.
No estamos, entonces, solamente frente a estilos retóricos distintos, sino a orientaciones ideológicas diferentes respecto al cambio social.