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Cartas
Jueves 19 de marzo de 2026
Karl Popper y la vanidad
Señor Director:
Aunque a Carlos Peña (a quien yo jamás llamaría un “columnista anónimo”) no le guste, Karl Popper fue un gigante de la filosofía de la ciencia. Su teoría de la falsificación definió el debate en el que Imre Lakatos, Thomas Kuhn y Paul Feyerabend desarrollaron sus propias ideas. Su libro de 1945, “La Sociedad Abierta y sus Enemigos”, ha sido comparado con “Camino de Servidumbre” del Premio Nobel Friedrich Hayek —dos obras nacidas del mismo momento histórico y de la misma pregunta urgente.
La disputa entre Popper y la Escuela de Frankfurt no comenzó con la carta de 1970 a Raymond Aron. Los desacuerdos datan de 1961. Quienes deseen profundizar pueden consultar el volumen “La disputa del positivismo en la sociología alemana” —sin necesidad de recurrir a las redes sociales que, al parecer, Peña encuentra tan degradantes.
Lo que sí se puede criticar a Popper es su personalidad. Quienes lo trataron describían su arrogancia y, sobre todo, lo que los ingleses llaman thin-skinned: se ofendía con facilidad, interpretaba cualquier conversación como una alusión a su persona, y terminó enemistado con discípulos y colegas que lo admiraban y que frecuentemente estaban de acuerdo con él.
La vanidad, en efecto, es enemiga de la razón, de la templanza y de la ecuanimidad. Los vanidosos pierden el sentido del humor y, poco a poco, erosionan su propia estatura como intelectuales públicos. Todo eso, dicen, le pasó a Karl Popper. Me temo que no es el único al que le ha pasado.
Sebastián Edwards