En 2019, TIME puso en una de sus portadas al secretario general de la ONU, António Guterres, en traje y corbata dentro de un mar paradisíaco. La pose era en Tuvalu, un atolón polinésico. Nuestro planeta se hunde por el calentamiento global, advertían. En 2022 The Guardian insistía: estas islas están en riesgo existencial, ya que “en las últimas cuatro décadas, el nivel del mar local ha aumentado al doble de la velocidad del promedio mundial”. Esa misma frase resaltan Kench, Ford y Owen, en un artículo científico de 2018, pero concluyen que en ese mismo período la isla no solo no había perdido superficie, sino había ganado. O sea, había ocurrido lo contrario a lo predicho por estos alarmistas —debido al fenómeno de la acreción, que no soy yo el indicado para explicar—. El riesgo sigue, obvio, pero ¿por qué esos reportajes omiten información?
En otro reportaje de 2019 The New York Times titulaba que “muchas más ciudades” iban a quedar bajo el nivel del mar. Dramatizaban el mensaje con unos mapas de Vietnam casi completamente inundado en 2050, sin mostrar que ese mismo día ya eran millones los vietnamitas que comían arroz bajo el nivel del mar, pero protegidos por diques. Es lo mismo que alarmar porque en Holanda el 50% vivirá bajo el nivel del mar, pero “olvidarnos” de que ya el 49% vive así. ¿Qué clase de noticias son estas?
Las mismas que por años se dedicó a expandir en libros y televisión el académico de Stanford Paul Ehrlich, muerto el martes a los 93 años. Ehrlich vivió vendiendo el Apocalipsis, y durante los años 60 y 70 no solo expandió la idea de que miles de millones morirían de hambre en un par de décadas —independientemente de las tecnologías que se introdujeran en la agricultura—, sino que fue el padre de políticas de control de natalidad y esterilización masivas. Lo hizo hasta el final, y nunca estuvo solo.
Su libro más famoso “The Population Bomb”, de 1968, conversaba con las profecías apocalípticas que también resultaron ser completamente falsas, como las “consensuadas” en el Club de Roma fundado en 1968 y luego popularizadas por el estudio The Limits of Growth, publicado años después.
El alarmismo actual, el climático, está generando histerias colectivas, daño en la salud mental —especialmente de niños y jóvenes que leen ansiosos sobre estos apocalipsis— y un consenso que ha llevado a forzar políticas energéticas de poco éxito que, además, encarecen el costo de la vida, afectando principalmente a los más pobres. Asimismo, estas políticas desvían millones de dólares que podrían haberse gastado en urgencias más importantes —como la salud o educación— o incluso en mejores soluciones “climáticas”, como la innovación y la adaptación. Sin que esto baste, estas políticas frenan el crecimiento económico, la principal fuente para irse adaptando al cambio climático.
A esto se refería Bill Gates en su reciente vuelta de carnero en octubre, luego de haber alimentado por años este alarmismo. Sin embargo, estas advertencias vienen siendo planteadas hace años por los “realistas climáticos” como Bjorn Lomborg —que estará en Chile invitado por la Fundación para el Progreso—, Steve Koonin y Matt Ridley entre otros, quienes, además, enfatizan que ya nos hemos ido adaptando bien y nos seguiremos adaptando. El calentamiento global no es, ni será, el fin del mundo. No habían sido muy escuchados hasta estos días porque sus ideas no le servían a nadie para dárselas de buenas personas y tampoco alimentaban votos para los políticos.
¿Los “realistas climáticos” son negacionistas? No, el calentamiento es real y es un problema. ¿Es causado por el CO2 y el uso de combustibles fósiles? Sí, pero ¿hemos logrado algo importante luego de 30 años de políticas energéticas restrictivas al respecto? No —e incluso extremando esas medidas se logrará muy poco—. ¿Qué proponen entonces? Invertir en innovación tecnológica y adaptación climática, principalmente, las que ya han disminuido las muertes por desastre naturales en más de un 90% en los últimos años y ha permitido alimentar a miles de millones de personas que antes morían de hambre. En fin, invertir en innovación y adaptación, no en un burdo control.
Y ojo, esto no tiene que ver con dejar de conservar, porque sí hay que proteger Torres del Paine, que tiene un valor en sí mismo; sí hay que proteger los humedales, que, además, son cruciales para las migraciones de los Zarapitos y controlar inundaciones; y sí hay que proteger el Gato Colocolo porque está en peligro de extinción, y así. El llamado es a frenar el alarmismo “académico” —que desde Malthus en adelante vende, pero no se cumple— y a tomar decisiones racionales. Las soluciones de moda hoy, especialmente las energéticas, están fundadas en una falsa alarma que, además, no soluciona el problema y perjudica a los pobres.
Fernando Claro V.
Director ejecutivo Fundación para el Progreso