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Cartas
Sábado 14 de marzo de 2026
La palabra y la política
Señor Director:
¿Será verdad que, como sugieren varios lectores, es excesivo e injusto, o hasta falto de respeto, criticar el discurso presidencial por carecer de contenido ideológico, énfasis retórico o perspectiva histórica, y estar centrado, en cambio, solo en un conjunto de tareas y quehaceres?
Responder esa pregunta exige recordar la relación que media entre la palabra y la política.
La política es un quehacer relativo a los asuntos comunes, a la forma en que ha de conducirse y orientarse la vida en común. Hablar de la política es referirse a una actividad que consiste, ante todo, en deliberar acerca de cómo debemos vivir, cuál es la mejor forma en que las existencias individuales podrán relacionarse entre sí. Este rasgo de la política es el que refulge, ante todo, en la democracia, porque en ella la forma en que se debe organizar la vida en común está entregada al discernimiento de todos en un diálogo que está también ante la vista y el oído de todos. Basta constatar este hecho para advertir la importancia que la palabra posee en la política democrática. Sin ella, sin que el propio punto de vista acerca de los asuntos comunes se exprese con claridad, sin que las ideas que orientan a cada uno se hagan saber a los demás con sinceridad, el mundo en común se desvanece poco a poco hasta transformarse en un puñado de necesidades que han de satisfacerse mediante el esfuerzo puramente técnico.
Pero —como insiste Hegel— un mundo descrito como pura necesidad no es propiamente humano. Hanna Arendt observa que la política florece “donde las palabras no están vacías”. Por eso no es raro que en el mundo griego lo que hoy llamamos política casi se confunda con la isegoría, con el igual derecho a hablar en el foro común. Y es por eso, también, que en la tradición antigua el pensar y hablar claro, decir lo que de veras se piensa razonadamente se considera indispensable para la vida pública desde Demóstenes a Nacianceno.
Sin un discurso razonado que se exprese en palabras —sea que se trate de las propias convicciones o del mundo en torno— la distinción entre la verdad o el error, la corrección o la incorrección del pensar pierde todo sentido y son sustituidos por la eficiencia. Pero todos son capaces de comprender que detrás de la eficiencia de la propia conducta es posible ocultar cualquier valor. Ese es el problema, largamente denunciado en la literatura, de la mera técnica, o la simple enumeración de tareas en la vida pública.
Es por eso un error creer que el empleo de la palabra razonada es un distractor, una forma de demagogia, un embeleco envuelto en sonidos y que es mejor entonces referirse nada más que a hechos mediante una comunicación desprovista de ideas y de horizontes. Por supuesto hay ocasiones en que la palabra se usa para envolver y engatusar y encubrir (entre nosotros también ha habido muestras de eso); pero ello no debe conducir a la idea opuesta de que la realidad es una suma de emergencias, y la acción técnica y eficiente, el único camino para resolverlas. En medio de ambos extremos se encuentra el discernimiento por parte del político que al ofrecerse en el discurso estimula la deliberación por parte de los ciudadanos.
Lo anterior es lo que permite distinguir la política pública —public policy— de la política. La primera es la técnica orientada a satisfacer aquello que se detecta o diagnostica como una necesidad y cuya urgencia reclama se le atienda antes que otras. La política, en cambio, consiste en dilucidar y reflexionar en torno a un cierto horizonte en pos de cuya consecución se encamine el esfuerzo común. Y el deber del político —especialmente si dirige el Estado, como es el caso de quien es Presidente de la República y además fundador de un partido— es explicitar qué piensa acerca de eso, cuáles son sus orientaciones finales y ofrecerlas a la ciudadanía de manera veraz. Hacer presente eso, discutirlo o solicitarlo, es parte del debate democrático y ofenderse por ello revela una pobre comprensión acerca de aquello en que la política y la esfera pública consisten.
Carlos Peña