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Editorial
Viernes 13 de marzo de 2026
La ópera y el ballet perduran
La cultura no es algo estático que se mida por lo que está de moda en cada momento.
Un joven actor, actualmente de moda por sus actuaciones en el cine —Thimotée Chalamet—, hizo unas afirmaciones no bien calibradas respecto de la ópera y el ballet, como si estos dos géneros escénicos y musicales estuvieran en peligro de extinción y, por cierto, ha generado una amplia respuesta y debate en redes sociales de Estados Unidos, su país, y también en Chile.
Las aseveraciones del actor se hicieron en una conversación sobre la desaparición de las salas de cine y él se refirió a que había que mantener vivo el género, pero agregó, a modo de ejemplo, que no quería trabajar en ballet o en ópera, expresiones que ya a nadie le importan. Pero posiblemente no anticipó la magnitud de la respuesta de miles de personas que sí están muy interesadas en la vida de la ópera, el ballet, el teatro clásico y tantas otras manifestaciones de la alta cultura. Las reacciones en las redes sociales fueron masivas y extremas, y también en medios tradicionales, como una publicación que tituló: “La arrogancia de Hollywood se enfrenta a siglos de arte occidental”.
La ópera y el ballet en verdad tienen un público que nunca ha sido masivo como el del cine, pero si bien puede haber disminuido significativamente en algunos países en los últimos años, puede asegurarse que mayor ha sido la decadencia de los asistentes a las salas de cine. Nada de eso tiene relevancia cuando se trata de asignarles valor a las obras de arte, y hoy día posiblemente sean más conocidas y por más gente muchas de las óperas más populares, las que se distribuyen en discos, internet, televisión y otros medios de reproducción. Todo ello crea aún más expectación cada vez que se ofrece la posibilidad de asistir a una representación presencial de una ópera famosa. En Santiago, el año recién pasado, el éxito de La Traviata fue aún mayor que lo que se registraba con esta misma obra hace 50 años.
Algunos críticos han hecho ver que muchas de las más famosas obras del cine encuentran sus raíces en óperas o en historias de ballet que han quedado grabadas en nuestra memoria colectiva. Y, por cierto, son muchas las melodías cuya supervivencia está asegurada por su belleza y su increíble popularidad. Nessum dorma, La donna è mobile, el brindis de la Traviata, son ampliamente conocidas, aunque muchos no sepan cuál es su origen. Cualquier persona que tenga opiniones fuertes respecto de lo que la gente quiere oír o lo que le importa, más bien revela una superficialidad petulante que conocimiento real de lo que la gente quiere. Lamentablemente, a menudo se ha relacionado esta actitud con grupos juveniles como los del actor de marras.
La cultura no es algo estático que se mida por lo que está de moda en cada momento. La forma de narrar historias de significado profundo proviene de grandes obras clásicas, muchas de las cuales pueden ser difíciles de encontrar en estos días. Pero la ópera, como Shakespeare y otros grandes de las artes escénicas, nos han enseñado a apreciar historias profundas que revelan verdades eternas del ser humano. El público lo ha aprendido tanto como los grandes del cine. Una proporción importante de ellos, como Franco Zeffirelli, Lucchino Visconti o Werner Herzog, también fueron directores de escena en los grandes teatros de ópera. La cultura va uniendo lo tradicional con lo nuevo e innovador, y la ópera y el ballet siguen estrenando nuevas obras, como el cine sigue buscando nuevas historias y nuevas formas de narración y de expresión. Si llega a cortarse la conexión con el pasado, nos alejamos de nuestra tradición de contar historias y esa sería una pérdida para la ópera y el ballet, pero más aún se empobrecería el cine.
Que estos géneros artísticos están plenamente vivos lo ha demostrado la bulliciosa polémica que han despertado las palabras poco reflexionadas del joven actor. La simpatía que despertaba entre muchos parece estar desvaneciéndose.