Baquedano ha regresado al pedestal, hasta hace pocos días, vacío. Como siempre, arriba de su fiel caballo Diamante. Ahora no estará tan solo: una nueva vecina lo acompañará en su regreso: Gabriela Mistral. Los poetas chilenos también son héroes de la patria.
¿Qué conversarán el militar y la poeta, cuando cae la noche sobre Santiago? Mistral habló alguna vez de la complementariedad del huemul y el cóndor, los dos animales arquetípicos de nuestro escudo nacional y pidió más presencia del huemul (símbolo de la delicadeza y la gracilidad). Los militares son parte importante de la formación de este Estado-Nación del que habla Mario Góngora; pero también los poetas, los “señores del decir”.
La poesía ha sido palabra fundante en Chile desde los inicios. Partiendo por Alonso de Ercilla y su “Araucana”, Andrés Bello, el poeta legislador, y esos volcanes gigantes que vendrían después: Neruda, De Rokha, Parra y tantos otros.
Un amigo me escribe un mensaje, donde me dice: “con esto (que Baquedano haya vuelto a su pedestal), te fregaron el título de tu libro”. Se refiere a “El pedestal vacío. Confesiones de un apóstata”, mi último libro, que parte con un capítulo autobiográfico de mi infancia.
Mi abuela, Patricia Morgan, poetisa y amiga de Gabriela Mistral, vivía en un departamento del emblemático edificio Turri, justo frente a la Plaza Baquedano. Yo iba muchos fines de semana a su casa y me gustaba asomarme a la ventana y mirar al general Baquedano e imaginarme sus batallas. Mi abuela me contaba su historia, despertando en mí un orgullo patriótico.
Los niños (no solo los niños) necesitan admirar a sus héroes, y eso ha sido así con Aquiles, Alejandro Magno, Napoleón. Baquedano fue un héroe popular y estuvo en el imaginario de los inicios de la patria. Haber intentado sacarlo de su pedestal, destruirlo, fue un despropósito, y eso tuvo que ver con el extravío que vivimos como país en octubre de 2019.
Ver el pedestal vacío todos estos años me daba la sensación de que finalmente el nihilismo —uno de los componentes del “estallido”— había ganado la batalla y que autoridades, ciudadanos, todos, habían abdicado por miedo a los más vociferantes. El general victorioso derrotado por los “primeras líneas”.
En mi libro “El pedestal vacío” me retrotraigo también a mi época de juventud, cuando era militante de izquierda y con compañeros de universidad fuimos, con mucho miedo, a manifestarnos contra la dictadura a la Plaza Baquedano. Jamás se nos pasó por la cabeza dañar o tumbar al general Baquedano.
Nosotros buscábamos tumbar al otro general, al dictador, y destruir la ciudad nos habría parecido una expresión de fascismo. Y fascismo de izquierda radical fue lo que vimos en las calles, universidades, pero también en el Parlamento, en octubre del 2019.
Hace dos días volví a pasar por Plaza Italia y vi la silueta del general Baquedano recortada sobre el edificio Turri. Me emocioné.
Hasta hace poco (recuerdo los días de la “plurinacionalidad” de la Convención), ser de izquierda y declarar el amor a la patria hacía de uno un renegado, uno digno de “funa”.
Gabriela Mistral amaba a Chile con intensidad, y porque le importaba también criticaba algunas de nuestras falencias. Y pensaba que “no es solo en período guerrero cuando se hace patriotismo militante y cálido”. El suyo era un patriotismo militante y cálido. Llega a hablar de “El hambre de patria corporal”.
No voy a cambiar el título de mi libro y voy a dejar la foto del pedestal vacío que abre el libro. Por lo demás, en mi libro la metáfora del pedestal vacío va mucho más allá de la ausencia de una escultura. Es tiempo de cambios, los países cambian, tiemblan nuestras certezas y nuestros pedestales interiores se vacían.
Del estallido a Kast, la ciudad ha sido testigo de volteretas impresionantes. Baudelaire decía, ante un París transformado por el urbanista Haussmann: “la forma de una ciudad cambia más rápido,/ ¡ay!, que el corazón de un mortal”.