“El que pueda hacer, que haga; el que pueda hablar, que hable; el que pueda aportar, que aporte; el que se pueda mover, que se mueva; en definitiva, inhibirse no es opción”. La frase que repite el expresidente de España José María Aznar significa, en la práctica, que la responsabilidad de un buen gobierno es siempre tarea de todos.
El Presidente Kast asumió en un ambiente lleno de esperanza y expectativas de cambio. “Ojalá que le vaya bien”, se escucha en distintos ambientes. Puros buenos deseos, sin dudas, pero el rol de quienes apoyamos su elección no es el de ser meros espectadores confiados en que las cosas mejoren o comentaristas permanentes del desempeño del gobierno. O peor aún, temibles justicieros con el pulgar abajo cuando se cometa el más mínimo error.
Gabriel Boric entregó el poder sin perder nunca su base de apoyo. La Constitución actual se ratificó no una, sino dos veces durante su período; las ideas “progresistas” fueron simples declaraciones; traicionaron con acciones (y omisiones) su agenda feminista y la ambientalista, pero la izquierda lo acompañó hasta el final. Pulgar arriba a pesar de todo, y ya sueñan con su regreso a La Moneda. Entendieron siempre que no es responsable votar por un gobierno y después tomar palco.
El éxito de una administración depende, a lo menos, de tres factores: liderazgo presidencial, equipo de gobierno y una atmósfera ciudadana favorable. El Presidente debe mantener firme el timón, marcar el rumbo a la hora de enfrentar las inevitables adversidades y no alejarse del objetivo que inspira su mandato. El gabinete debe ejecutar el programa que votó la ciudadanía, evitar la retórica “modo campaña” que caracterizó al equipo de Boric y asumir que será evaluado por sus resultados y no por sus intenciones. Pero para que todo esto llegue a puerto, es imprescindible una atmósfera ciudadana afín a la ruta que el país se ha trazado, con una opinión pública atenta, una sociedad civil organizada y la disposición a apoyar cada cual desde donde pueda.
Se dice, y con razón, que el gobierno de Boric no hizo más daño porque los chilenos se lo impedimos. Se jugaron, sin pudor, por la aprobación de un texto constitucional que refundaba Chile. De haberlo logrado, nuestra democracia sería ya irreconocible, y la nación chilena, un lindo recuerdo.
El Partido Comunista llamó a rodear la Convención, pero nunca imaginó que quienes efectivamente la rodearían serían todos menos ellos: el mundo del campo que salió a defender Chile, su bandera y sus tradiciones; los pueblos originarios que no se dejaron instrumentalizar por la dupla Linconao-Loncon; las regiones que no aceptaron fraccionar el Estado; las familias que se levantaron a defender la libertad; los emprendedores que denunciaron con valor las amenazas al derecho de propiedad; las víctimas de la violencia que dijeron no a las normas que pretendían refundar Carabineros; la academia que levantó la alerta sobre los riesgos para la democracia de los cambios políticos que se pretendían hacer. En definitiva, si ante el texto de la Convención la gente se hubiera quedado en sus casas repitiendo “ojalá se rechace”, y esperando que quienes ocupaban cargos públicos hicieran toda la pega, ese texto se habría aprobado.
Desde ayer, la historia nos convoca a una épica aún mayor. Ya no se trata de resistir ni de rechazar ni de rodear. Hoy toca respaldar activamente un cambio de rumbo. Todos quienes celebramos el traspaso de la banda presidencial somos responsables de generar y mantener una atmósfera ciudadana favorable que permita al Presidente Kast y a su equipo hacer un buen gobierno para Chile.
Marcela Cubillos