José Antonio Kast ha arribado a La Moneda con un mandato contundente en torno a los temas que él mismo definió como “de emergencia”. Guitarra en mano, el nuevo mandatario deberá ahora poner en práctica la agenda que presentó en campaña.
Apenas inaugurado, el nuevo gobierno trata de imprimir un sello de urgencia, firmando decretos en temas sensibles, designando un comisionado para la macrozona norte y un encargado para la reconstrucción en Biobío y Valparaíso, inaugurando el año escolar y enviando de inmediato al sur a la ministra de Seguridad luego del ataque contra un carabinero en Puerto Varas. El objetivo es mostrarse a cargo y marcar “un antes y un después”, como dijo ayer Kast respecto de la reacción ante el atentado contra el policía.
Nada será simple para el recién asumido. No solo hereda problemas que lo condicionan, sino que también ha creado expectativas de solución en asuntos muy complejos, como la atención de salud o la seguridad ciudadana. Quizás más importante, debe terminar de perfilar su personalidad presidencial, fijando el tono, el estilo y el modo de hacer y comunicar de su gestión. En definitiva, necesita resolver, más pronto que tarde, cuál José Antonio Kast será el que habite el cargo.
Porque no ha sido claro ni unívoco, sino más bien camaleónico, respecto de qué personalidad definirá su mandato. ¿Presenciaremos a un Kast domesticado, que valora en primer lugar el consenso con el objeto de restaurar una estabilidad amenazada? ¿O un Kast al natural, dispuesto a enfrentar a sus rivales con el propósito de crear un orden nuevo? Para ilustrarlo con un ejemplo próximo: ¿el Kast espontáneo que rompió el diálogo con un Gabriel Boric que no le daba confianza el martes 3 de marzo, o el manso que, cinco días después, conversó por una hora con el mismo Boric en La Moneda? Dos personalidades políticas, la misma persona.
El Kast domesticado parece atento a sus asesores y dispuesto a priorizar las formas por sobre la sustancia. Una actitud de entendimiento como fin en sí mismo para conservar modos de hacer que se condicen con la tradición republicana, con el propósito de ganar gobernabilidad y comodidad para su gestión. Podría decirse que ese es el ánimo que lo llevó a reencontrarse con Boric el domingo: nada de fondo se discutió allí, sino solo la manera de alejar la controversia. Quedó postergado lo fundamental (la escasa transparencia, los amarres, los datos faltantes y el mal estado de las finanzas públicas) en pro de una transición instrumentalmente armoniosa.
En cambio, el Kast al natural es aquel que sigue sus instintos y no teme al conflicto si la causa es valiosa. El parlamentario que disputó el poder a los “coroneles” en la UDI y se marchó en 2016 porque estimó que el partido “comenzó a transar las ideas que defendíamos”; el candidato que desafió tres veces a la derecha tradicional al optar por el camino propio a La Moneda; en fin, el Presidente electo que se retiró frustrado el martes 3 tras discutir con Boric.
El éxito y la proyección del Gobierno dependerán en buena medida de la personalidad que finalmente despliegue el mandatario. A un Kast domesticado puede resultarle más sencillo gobernar, pero más difícil concretar una administración transformadora que resuelva problemas que los chilenos de a pie sufren por ya demasiado tiempo. Un Kast al natural, en cambio, puede encontrar más obstáculos en su gestión, pero lideraría un gobierno potencialmente transformador, capaz de alterar las coordenadas políticas y proyectarse hacia el futuro.
Se trata de una decisión trascendente: en una versión, Kast puede aspirar a ser restaurador y continuador; en la otra, se le abre la posibilidad de ser fundador de una nueva era. No hay dónde perderse, ¿no?
Juan Ignacio Brito