Una de las primeras decisiones que debe adoptar quien asume la presidencia al pronunciar sus primeras palabras, es cuánto de su identidad más profunda dejará ver ante la ciudadanía. ¿Deberá mostrar con claridad las ideas profundas que lo animan? ¿Deberá, en cambio, eludirlas y decir generalidades, lugares comunes que desatan aplausos de audiencias irreflexivas?
En el caso del discurso que el Presidente Kast pronunció anoche, no cabe duda de que optó por la segunda alternativa.
Fiel a la idea de que el suyo es un gobierno de emergencia, es decir un gobierno que no aspira a modelar la realidad, sino a suturar o remendar las heridas más obvias que en su opinión ella presenta, el Presidente Kast leyó un discurso anegado de quehaceres y de tareas. Un discurso que descansaba en una descripción sombría del Chile de hoy. La agenda de asuntos estaba henchida de emergencias. Desgraciadamente ocurrió lo mismo con su discurso: fue también una escritura o una redacción de emergencia, más bien plano y sin las inflexiones necesarias que desatan el entusiasmo, carentes de esas ideas bien razonadas que desatan la admiración, salvo las habituales apelaciones al amor a Chile y la confianza en Dios.
El Presidente Kast parece ser alérgico al discurso razonado; aunque no se sabe si es por falta de imaginación lingüística o por carácter o porque la considera inútil. El hecho es que leyó un texto más bien opaco, lleno de frases breves, amigo de las simplezas.
No asomó explícitamente en el discurso del Presidente Kast ninguno de los temas más o menos ideológicos que lo empujaron a alejarse de la derecha moviéndose más a la derecha. Brillaron los temas que configuraron su identidad política. Es cosa de recordar esas ausencias. La agenda cultural alejada de cualquier sensibilidad liberal y consciente de la batalla en que debe envolverse; la evaluación de la dictadura no como una anomalía, sino como un fenómeno inevitable; la abundancia de derechos como una forma de, paradójicamente, disminuir la libertad; el Estado como un custodio de un orden social prefigurado en vez de un modelador del mismo; el temor a que la familia sea desplazada por la escuela en la orientación de los niños y las niñas, son temas que están alojados en la identidad ideológica del Presidente Kast que no asomaron más que entrelíneas en su discurso, como si un raro pudor o un frío cálculo le aconsejara desplazarlos por lo que él juzga una situación de emergencia.
¿Significa lo anterior que el Presidente ha abandonado, junto con su militancia en el Partido Republicano, las ideas que configuraron su identidad política?
No, por supuesto que no. Esas ideas estuvieron soterradas en medio de obviedades.
Todos —salvo el espíritu acrítico que de pronto parece haber inundado a buena parte de quienes participan en la esfera pública— advierten que buena parte de la alocución presidencial fue más bien pobre, sincopada, fragmentada, tejida de puntos aparte, llena de frases genéricas de esas a cuyo contenido, por lo general y obvio, nadie puede oponerse.
En los momentos previos al discurso, y mientras entregaba algunas de sus resoluciones inmediatas que serían propias de la emergencia, hubo algunos de los momentos más insulsos de los actos de este día. Los ministros se situaban frente a él y el Presidente lo aleccionaba en términos elementales asomando allí algunos de los motivos que la derecha más tradicional suele esgrimir, pero que en este caso no alcanzaron a ser ideas bien madurecidas: orden, defensa de la nación, cuidado de las fronteras para evitar la intromisión extranjera, lucha contra la corrupción, disposición a hacer el bien, y todo ello motivado, desde luego —faltaba más— por el amor a la patria.
Para definiciones gubernamentales, poco; para los inevitables lugares comunes de la política, demasiado.
Carlos Peña