La politización de la política exterior trae aparejada la prominencia de posturas más extremas y mayor conflicto (De Wilde, 2011; Young, 2019) sobre asuntos tales como: cooperación internacional; liberalización económica; integración regional; o la inmigración, entre otras. La literatura discute si lo anterior responde a transformaciones reales que afectan a la sociedad o se trata de algo fabricado por las élites. Al parecer, en Chile, la politización de la política exterior tiene más de estrategia que de estructura.
En el tipo de politización estructural, la evidencia muestra que la liberalización y mayor competencia comercial produce el desplazamiento de industriales locales y pérdida de empleos (Gould et al., 1993; Henisz y Mansfield, 2006).
Los trabajadores pertenecientes a aquellos sectores transables de la economía se perciben más amenazados. En ese electorado crece la demanda por plataformas o políticas populistas. Este tipo de polarización explicaría, en parte, resultados políticos como las elecciones de 2016 en Estados Unidos o el Brexit el mismo año en el Reino Unido.
Un segundo modelo de politización es agencial, o inducido por las estrategias de las élites. Aquí cobra importancia el rol de lo que la literatura define como “emprendedores políticos”. Se trata de liderazgos o partidos desafiantes (De Vries et al., 2021) que buscan expandir el conflicto hacia temas que antes no eran objeto de controversia (Schimmelfennig, 2020; Young, 2019).
Parte del juego es asociar los temas internacionales a insatisfacciones domésticas preexistentes en la caza por más votos (De Vries y Hobolt, 2012). Este segundo tipo parece explicar el inicio de la politización de una parte de la política exterior en Chile. Específicamente, el conflicto en torno al CPTPP fue atizado por actores políticos emergentes que impulsaron la movilización en contra del acuerdo (López, Lodato et al., 2024). Ello, a pesar de que las preferencias de los chilenos sobre la política comercial permanecían inalteradas (Valdivia, 2023).
Dado que los electores no estaban polarizados en torno al continuo entre liberalización y proteccionismo, se intentó construir algo así como una “cadena de equivalencias” (Laclau y Mouffe, 1985) que concatenara demandas de diversos grupos de la sociedad. Algunos, solo representaban intereses estrechos. Con todo, la estrategia fue parcialmente exitosa (para sus promotores): logró retrasar por varios años la ratificación. La reacción en el otro extremo del sistema de partidos no tardó en aparecer con el discurso sobre el globalismo y el soberanismo extremo. El debate legislativo sobre el Acuerdo Marco Avanzado entre Chile y la Unión Europea contiene ese registro en los discursos parlamentarios.
En el mismo plano agencial, podríamos agregar recientemente la diplomacia digital, también conocida como diplomacia hashtag o de Twitter. Aquí se observa a mandatarios que toman posiciones sobre diversas coyunturas o incluso respecto de otros líderes o potencias. Ello, con el objetivo de señalizar (des)alineamientos ideológicos o bien perfilar liderazgos individuales. El riesgo no es menor, toda vez que resulta fácil perder de vista los intereses nacionales comunicando en unos pocos caracteres, y a veces sin la orientación de la diplomacia profesional (hoy más necesaria que nunca).
Entender la dinámica doméstica que subyace a la política exterior no es un ejercicio puramente académico. La autonomía estratégica, como modo de relacionamiento de nuestro país con las potencias globales, aparece hoy más tensionada. Algunos podrán argumentar que todo ello viene dado exógenamente precisamente por la mayor conflictividad entre potencias y por prácticas diplomáticas coercitivas. Sin embargo, es plausible que la politización doméstica de nuestra política exterior también esté jugando un rol.
En un contexto de severo debilitamiento del multilateralismo, la autocontención retórica en materia internacional por parte de nuestros políticos constituía a todas luces algo deseable estos últimos años, sobre todo desde la primera magistratura. Aquello no se observó.
Ahora, las consideraciones anteriores también son válidas respecto de buscar membresías en clubes ideológicos internacionales, cuestión que cabe tener en cuenta en el nuevo ciclo. Y es que a veces, la asertividad en política exterior y la protección de los intereses nacionales simplemente pasan por evitar la exposición imprudente al daño.
Andrés Dockendorff
Instituto de Estudios Internacionales Universidad de Chile