Hoy cabe desearle lo mejor al nuevo Presidente. Pero cabe también no olvidarnos de cómo fueron estos últimos cuatro años, porque Gabriel Boric, o alguien afín, va a postular a la presidencia en 2029, y porque desde ahora estarán en la oposición. ¿Allí serán constructivos? ¿O despiadados como con el Presidente Piñera, a quien procuraron destituir desde la calle, y después con viles juicios políticos?
Boric y su gente nos han inundado de relatos estos últimos cuatro años. Al comienzo, relatos revolucionarios. Que Chile, la cuna del neoliberalismo, iba a ser su tumba. Que no más AFP. Que no más TLC. Que una nueva constitución, refundadora.
Después del Rechazo, los relatos se moderaron, conduciendo al más sorprendente de todos: que habrían “normalizado” el país. Cuando se les dice que en ese caso “normalizaron” lo que ellos mismos convulsionaron, fingen sorpresa. Dicen que culparlos de convulsiones es “una patudez”. Como si fuera el gobierno anterior, no ellos, el responsable del estallido, de los retiros y de los juicios políticos. Ni hablemos de la constitución bolivariana, que Giorgio Jackson aguardaba con impaciencia para imponernos su programa revolucionario sin restricciones.
Dentro de todo uno se pregunta cuánto realmente han creído en ese relato de la “normalización”. ¿Es lo que quieren dejar como legado? ¿O es su verdadero legado —el que albergan en el corazón— uno muy distinto? ¿El de esos primeros relatos? ¿El de haber intentado hacer una revolución como la de la UP? Cierto que fallaron. Pero eso no importa. Al contrario, el fracaso ennoblece. Lo que vale es el noble intento. Uno que, en sus distintas etapas, ilustra una heroica persistencia.
La primera etapa fue la de las marchas de 2011. La segunda, el gobierno destructivo de Bachelet II. Después, el estallido y los juicios contra Piñera y sus ministros. Finalmente, la constitución refundadora. Repetidos intentos descritos y analizados en magníficos libros como “Dignos” de Pablo Ortúzar, “Los inocentes al poder” de Daniel Mansuy, y “El pedestal vacío” de Cristián Warnken; libros que analizan lo que la nueva izquierda trató de hacer una y otra vez; libros que desmenuzan sus esfuerzos incansables. Esfuerzos que en mi opinión constituyen el verdadero legado de Boric y Apruebo Dignidad.
Y si han fallado, no significa que no les valga la pena intentar de nuevo, aunque se parezcan a Sísifo. Después de todo, no estuvieron lejos. ¿Qué habría pasado si hubieran logrado tomarse La Moneda en noviembre de 2019, estando tan cerca? Recuerdo a un carabinero amigo que había estado expuesto a la “primera línea” que decía, en privado, que nadie les había dicho cuántas vidas valía La Moneda. ¿Y qué habría pasado si se hubieran sobregirado un poco menos, si la conducta de la Convención hubiera sido menos payasesca, y si hubiera ganado el Apruebo?
Cabe preguntarse estas cosas este día aciago. ¿Seguirá la izquierda felicitándose de haber “normalizado” el país y ayudará, entonces, a “normalizarlo” aún más, o intentará desnormalizarlo de nuevo? ¿Les preocupará el bien de Chile? ¿Les nacerá tolerar que le vaya bien a un gobierno de derecha? ¿Lucirán credenciales democráticas o recordarán con orgullo y nostalgia sus intentos disruptivos para luego retomarlos?
Son preguntas que nadie se haría de la izquierda social demócrata de un Lagos. Pero con Apruebo Dignidad es imposible no hacerlas porque sus intentos revolucionarios son, creo yo, lo que realmente querían. Si fracasaron es porque todavía no les favorecía lo que Carmona, muy PC, llama la “correlación de fuerzas”, o porque, como dijo Boric, no estábamos los chilenos listos todavía.
Espero que no se justifique mi escepticismo y que Apruebo Dignidad haga una oposición ejemplar. Pero si no la hace, ¿seguirá el Socialismo Democrático como su cómplice, o se atreverá a diferenciarse, por el bien de Chile y de ellos mismos?