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Editorial
Domingo 08 de marzo de 2026
Boric, candidato
Este gobierno como ningún otro en las últimas décadas ha estado marcado por el personalismo del jefe de Estado, donde todo ha girado alrededor de la figura de Boric, su imagen y futura proyección presidencial.
El discurso de ayer del Presidente Gabriel Boric en la Plaza de la Constitución en que se despidió de sus adherentes es ilustrativo de muchos aspectos. Quizá lo más notorio sea el carácter proselitista de la actividad, como si se tratara de un evento de campaña más que uno de despedida. Frases como “no da lo mismo quien gobierne”, “tenemos que volver a ser mayoría” y “vamos a dejar La Moneda, pero no nos vamos de acá, seguiremos desde donde nos toque, luchando por un Chile más justo, más igualitario, más digno y mejor para nuestro pueblo”, dan cuenta de que el objetivo de Boric no es otro que volver de nuevo, lo antes posible, a la Presidencia de la República. Por si hubiera dudas, terminó sus palabras con la expresión “seguimos”.
Este gobierno como ningún otro en las últimas décadas ha estado marcado por el personalismo del jefe de Estado, donde todo ha girado alrededor de la figura de Boric, su imagen y su futura proyección presidencial. La utilización abusiva de la política exterior buscando su propio beneficio en su posicionamiento interno, comprometiendo una y otra vez los intereses del Estado, es quizá el mejor ejemplo de ello. Pero esa actitud, entre muchas otras, también es reveladora de su conducta durante la última campaña presidencial, cuando decidió mantener su protagonismo en perjuicio de la candidata de su coalición. Cabe recordar, así, la cadena nacional para presentar el Presupuesto 2026, en que el Presidente confrontó directamente a José Antonio Kast.
Sintomático de ello es asimismo la debilidad con la que terminan después de estos cuatro años los distintos partidos de gobierno —quizá con la excepción del Partido Comunista— y la ausencia de líderes que puedan competir con él en la izquierda y la centroizquierda. A diferencia de otras administraciones, no hay integrantes de su gabinete que queden con mayor proyección para llegar a la primera magistratura. Casi todos quienes participaron de su gobierno salen más devaluados de como llegaron. Y es que los mayores costos los pagaron sus colaboradores, pero no él, por mucho que haya estado en el origen de los desaguisados o con su conducta haya contribuido a extender los daños. Lo ocurrido con el bochorno de los indultos, el caso Monsalve o la fallida venta de la casa de Allende son una muestra de que otros —como la familia del exmandatario de la Unidad Popular— terminaron pagando las consecuencias de sus actos o de su negligencia. De otro lado, en estas últimas semanas ha quedado claro que Jeannette Jara difícilmente podrá amenazar esa situación de liderazgo, y en el Socialismo Democrático —más allá de algunas declaraciones— no parece haber capacidad ni voluntad real de disputarle esa preeminencia.
No hay autocrítica ni señales de aprendizaje
Con todo, lo más preocupante de este cierre del Gobierno es sobre todo la ausencia de una real autocrítica y aprendizaje. El ministro del Interior, Álvaro Elizalde, como si estuviera en una realidad paralela, lo graficaba con la siguiente expresión: “Chile hoy es mejor que el año 2021 en todos los parámetros”. No tiene mucho sentido entrar a rebatir esta absurda generalización —ahí están los datos de crecimiento, empleo, déficit fiscal, por nombrar solo algunas de las cifras económicas más relevantes—, sino destacar que lo que trasuntan estas palabras es que no cabe esperar cambios relevantes en el proyecto de la futura oposición. Es más, el discurso de Boric ayer —“me voy con la frente en alto y las manos limpias”, sostuvo— recordó por momentos una de las peores versiones de aquel dirigente estudiantil o diputado que encarnaba con soberbia un proyecto populista de izquierda. No solo abundaron las frases vacías —“quiero insistirles que el poder hacer de este país, del mundo, un lugar más justo no es tarea solitaria, no es de quijotes, necesitamos seguir organizándonos, juntarnos, unirnos, querernos”, fue una de tantas—, sino que quedó expuesta la ausencia de un proyecto político serio, que no sea otro que el de alcanzar o mantener el poder, que sustente sus ambiciones. ¿Cuál es su aprendizaje en materia de crecimiento económico, responsabilidad fiscal, empleo, seguridad, migración, gestión? ¿Cómo desea darle contenido a ese eslogan de “educación pública de calidad”? No hay mayor reflexión en ello.
Tampoco ha habido algún razonamiento o explicación sobre la inconsistencia entre su discurso público y varias de las decisiones que tomó. Hay ahí mucho oportunismo, pues cualquier idea, resolución o énfasis tiene sentido para un momento determinado y aparece o desaparece, en la medida que se considere o no popular, sirve o no para aglutinar sus fuerzas, para ganar una elección o para salir del paso. Respecto de su gobierno, la estrategia de Boric parece seguir un libreto que pone acento solo en los supuestos logros de su administración —culpando siempre a la derecha por lo que no se pudo lograr—, apostando a que en cuatro años muchos se habrán olvidado de lo que ocurrió en estos años. Si le resulta, está por verse.