Navegar las aguas de la tensa relación China-EE.UU. está siendo para Chile más difícil que cruzar, por estos días, el estrecho de Ormuz. Y la forma en que tendemos a pensar el problema no ayuda. Solemos imaginar a Chile como un país pequeño tratando de alcanzar el desarrollo, mientras dos potencias se pelean sobre su cabeza, como un ratón que intenta cruzar por donde dos elefantes pelean en la sabana.
Esa imagen —la idea de que Chile, aunque pequeño, podría moverse con cierta libertad— es una ilusión. Tras décadas de integración a la economía global, el país está conectado con China y con Estados Unidos con tal profundidad que cualquier intento por tomar partido, cortar vínculos o poner en riesgo la relación con alguna de las potencias sería inviable y autodestructivo.
Y es que la economía global se parece menos a la sabana y más a un bosque, bajo cuya superficie existe una red (el micelio, para los curiosos) que conecta a los árboles entre sí. Los árboles se nutren unos de otros, dependen de esa red en las sequías o enfermedades. Ningún árbol vive aislado: todos forman parte de un sistema. Es verdad: los árboles no pelean y las grandes potencias sí. Pero incluso China y EE.UU. están más conectados y son más dependientes entre ellos de lo que los titulares sugieren.
Partamos por Chile. China es lejos nuestro principal socio comercial: pasó de un 5% de nuestras exportaciones en 2000 a casi el 40% en 2025. Nuestra minería, nada menos, depende de China. Casi el 60% del cobre y 90% del litio van a ese país, que controla su procesamiento. Casi todas nuestras cerezas (y medio millón de empleos de temporada) dependen de China.
Un cuarto de los bienes que importamos viene de China: celulares, computadores, ropa, muebles, televisores… casi todas las cosas que usamos en la vida cotidiana.
Aunque en inversión extranjera China no lidera, sus empresas controlan la distribución eléctrica para el 55% de los chilenos y tienen participación relevante en transmisión, salmones, litio, transporte público.
Estados Unidos es nuestro segundo socio comercial y segundo mayor inversor. La tecnología que sostiene nuestra economía es de Google, Amazon y Microsoft, que operan el 85% de los data centers en Chile. El sistema financiero global depende de EE.UU.: por el dólar, la infraestructura y sistema de pagos. El 60% de nuestros ahorros previsionales —unos US$ 120 mil millones— es administrado por empresas estadounidenses.
Más de 190 mil chilenos viven en EE.UU., 3 mil estudiando posgrados. Las plataformas de streaming y las redes sociales en que los chilenos se entretienen e informan —o desinforman— nacieron y se gestionan en USA (o China).
La lista podría seguir. El punto es que aunque somos naciones distintas y distantes, somos parte de un sistema que está económica, financiera, cultural y humanamente entrelazado.
Y esto es cierto entre China y EE.UU. también, lo que no era cierto en la Guerra Fría, que se desarrolló entre dos superpotencias que casi no comerciaban. (Aunque incluso entonces la URSS tuvo que acudir a USA en la crisis agrícola de los 70 y comprarle un cuarto de toda su producción de trigo).
Hoy el panorama es muy distinto: en 2025 China y EE.UU. intercambiaron US$ 500 mil millones en todas las industrias imaginables. Las siete empresas que concentran un 30% del valor del S&P 500 dependen de China. Dos ejemplos: en 2025 Apple vendió más de US$ 64 mil millones en China (y fabrica ahí la mayoría de sus productos) y Tesla vendió en el mundo unos 800 mil autos hechos por chinos.
Para decirlo de otra forma: buena parte de la riqueza financiera, los fondos indexados y el ahorro de los estadounidenses depende de compañías que, incluso en medio de la rivalidad entre Washington y Beijing, usan a China como mercado, plataforma industrial o base de expansión.
Aunque la contingencia hace que a ratos los árboles impidan ver el bosque, lo cierto es que el desafío geopolítico de Chile supone entender y administrar la complejidad de esas interrelaciones. Requiere gestionar en simultáneo espacios de cooperación y competencia con las contrapartes. Supone definir dónde conviene abrirse y dónde resguardar capacidades estratégicas. Exige un complejo diseño institucional y acuerdos amplios para diseñar políticas que se sostengan en el tiempo. Un esfuerzo conjunto del Estado, las empresas, los gremios, la academia. Y que demanda menos brocha gorda y reflejos ideológicos de supervivencia inmediata, y más sofisticación, análisis desapasionado y planificación estratégica.