El próximo 11 de marzo tendremos nuevo gobierno. Cuestionar drásticamente al equipo saliente es la táctica puesta en marcha por Kast y su oficina en los últimos días. Es evidente que el gobierno entrante está convencido de que su hipótesis de éxito es tener un mono de paja al cual destruir y así justificar las dificultades propias de aplicar sus infladas ofertas de campaña.
Por eso no hay que ser candoroso al evaluar esta sorpresiva ruptura del proceso de traspaso de mando ocurrida en los últimos días al calor del affaire cable chino. Tampoco debería extrañarnos esta tirada de mantel, puesto que los republicanos, en su corta vida política, nunca han sido una fuerza disponible a la cooperación con sus adversarios. Atrás quedó aquel discurso de estadista de Kast la noche de su triunfo.
A la oposición le corresponderá, desde el primer día, señalar el grado de cumplimiento de las promesas del “gobierno de emergencia” y, en particular, su plan de los noventa días iniciales, en donde se supone serán expulsados los emigrantes ilegales y se tomará control de los barrios cooptados por el crimen organizado.
Asimismo, deberá estar alerta a desmentir las falsedades que se instalan desde la derecha sobre su desempeño en los últimos cuatro años y no puede permitir que se desdeñen los logros de la administración saliente, que han beneficiado al país entero. Por ejemplo, la última cifra de inflación anualizada (2,4% contra 14% cuando asumió el gobierno de Boric) y la reducción de la tasa de homicidios por tercer año consecutivo.
Pero si bien es cierto esa tarea fiscalizadora debe ser ejecutada con rigor, y aunque exista la tentación de caer en la trampa polarizada que empieza a tender Kast, el desafío mayor de la futura oposición es orientarse a construir una alternativa de futuro. Y para ello, debe enfrentar sus propias falencias.
En primer lugar, le corresponde hacerse cargo de su modesto desempeño electoral de primera vuelta, donde obtuvo apenas un 27%, un resultado muy mermado si se le compara con el 38% de la votación sumada de Kaiser y Kast en esa misma instancia. Ellos fueron capaces de capitalizar el miedo y la demanda de orden. Reflexionar sobre esto es fundamental, pero hay mucho más.
Lo significativo es comprender que la futura oposición debe asumir a un Chile cuya fisonomía social y política ha mutado bajo la presión de cambios globales acelerados y tensiones internas que la centroizquierda no ha logrado decodificar.
Vivimos momentos en que estos cambios se aceleran con efectos sin precedentes. La digitalización de la economía y la automatización que entrega la IA no son solo fenómenos técnicos; son motores de una nueva estratificación social.
La oferta programática tradicional de las izquierdas, centrada en la justicia social, no ha logrado incorporar a ese objetivo inclaudicable las problemáticas actuales: la precariedad del algoritmo; la voluntad de emprender de las personas y las cortapisas de inequidad que enfrentan, y la drástica reducción del empleo humano que afecta particularmente a los menos preparados, por nombrar algunas.
Como oposición, el desafío no es la obstrucción, sino la reconstrucción de una alternativa de gobierno que entienda que los partidos deben levantar con fuerza una crítica al incumplimiento de promesas, pero también demostrar una visión de futuro. La nueva etapa exige menos consignas y más gestión de la complejidad de los temas que están sobre la mesa en este mundo incierto.
Si quiere volver a sintonizar con una ciudadanía diversa y tensionada por la incertidumbre, la oposición debe resistir el énfasis polarizador al que la empuja Kast e ir tejiendo las propuestas y el discurso que les propongan a todos los chilenos un Estado habilitante y protector.