Hace casi cuatro años el país era otro.
Completamente otro.
Las esquirlas del estallido social seguían marcadas por la épica, y la perspectiva de una nueva Constitución estaba a la vuelta de la esquina.
Así asumió Boric. El presidente joven. Sin corbata y sin complejos. Sindicando al gobierno saliente como “el peor de la historia” y diciéndole a Piñera, en aquella televisiva llamada, “espero que lo hagamos mejor”.
La imagen de su recorrido el primer día junto a Izkia Siches —en auto descubierto por la Alameda en medio de papel picado— y un discurso plagado de guiños a Allende y con omisiones expresas a Lagos marcaron la instalación.
Cuando Gabriel Boric llegó a La Moneda, lo hizo rodeado de una atmósfera casi generacional: no era solo un nuevo presidente, era la promesa de que Chile cerraba definitivamente un ciclo político.
Y la realidad suele ser cruel. Incluso más cruel que el mercado…
Tras cuatro años “Chile cambió”. El problema es que lo hizo hacia un lado completamente distinto que al que aspiraba el joven presidente.
A la hora del balance de su gestión, los números están al rojo. Pero es necesario diseccionar el análisis.
En la práctica el gobierno de Boric duró 6 meses. El mandato, la épica, la utopía y el delirio terminaron estrepitosamente el 4 de septiembre de 2022. Y de ahí en adelante hubo que improvisar un nuevo gobierno. Y el resultado se resume bien en esa misma palabra: “improvisación”.
Al final del camino recorrido hay —obviamente— luces y sombras.
Partamos por las luces.
Boric mostró pragmatismo para bracear hasta la orilla, renunciando a mucho de lo que pensaba, a casi todo lo que dijo y a gran parte de lo que hizo. Moderó su gobierno en un país que lo obligó a hacerlo.
Pese a los intentos de algunos de su lote, Chile no retrocedió en credenciales democráticas. Lo que es un “desde”, en varios países de la región ha sido ultrajado.
Algunos chispazos en comentarios internacionales (excluyendo a Cuba por supuesto) y una cierta disposición al diálogo. Su actuación con la muerte de Piñera fue republicana.
El haberse abierto a una reforma de pensiones muy distinta a la que soñaban y que mantiene las principales bondades del sistema, también le suma puntos.
Poco más.
El alza del salario mínimo y la rebaja de horas de trabajo no tienen ningún mérito. Eso es muy fácil de hacer y muchas veces termina siendo muy nocivo.
A la hora de lo negativo se pueden nombrar muchísimas cosas. Desde los indultos al “gas a precio justo”. Desde el caso Monsalve al bajo crecimiento. Desde la crisis migratoria al caso fundaciones. Desde el caso Allende al incremento de la “permisología”. Desde el incumplimiento del amiguismo al cable chino.
Son muchas las cosas.
Pero el problema de fondo de esta gestión es otro. Es la banalidad, es el infantilismo, es la improvisación, es la baja altura. Un gobierno con camisa afuera, marrueco abajo, despeinado y zapatos sin lustrar.
Algunos quieren ver en el gobierno saliente “el peor gobierno de la historia”. Y eso no es así. Solo de la democracia reciente terminará siendo bastante menos dañino que Bachelet II (que, por cierto, tampoco fue “el peor de la historia”).
La paradoja es que el gran éxito no deseado de Boric es haber vuelto a poner en valor el crecimiento, el orden, el progreso y los 30 años.
Una parte del Presidente Boric quería destruir el capitalismo. Y no solo no lo logró, sino que colaboró a hacer lo contrario (Maquiavelo ya advertía que los príncipes muchas veces eligen un camino creyendo que les conducirá a un fin, y ocurre que los lleva a otro).
La otra parte de Boric es la que tendrá que asimilar lo aprendido. Porque queda Boric para rato. Y el primer intento fue bastante fallido.