En Chile, el cuidado de menores, personas con necesidades especiales y adultos mayores es parte de la vida cotidiana de muchas personas. Basta escuchar algunas conversaciones para notarlo.
“Llegó marzo y ya no hay quien acompañe a la abuelita al banco a hacer sus trámites. Tampoco sabemos quién hará turno para recibir a los niños más chicos cuando lleguen del colegio. Sí, es cierto, se pueden quedar solos un rato hasta que yo regrese de la oficina, pero no es lo ideal”.
“Mi papá está con cuidadora todos los días, y además hay una persona que va a hacer aseo y a cocinar. Ahora en marzo se complica mucho más todo, porque entro a trabajar jornada completa presencial y se hace muy difícil supervisar todo. No tenemos dinero para enviarlo a un hogar donde quizás estaría mejor atendido, pero tendría menos cariño”.
“Salí a comprar los útiles escolares con la lista y además aproveché de comprar los tuppers para los almuerzos; siempre me preocupo de que no sean de plástico, porque para el sabor no da lo mismo el material del recipiente”.
¿Diría usted que estas voces son de hombres o de mujeres? Si algún lector las asigna indistintamente a hombres o mujeres, es una persona bastante adelantada y recibiría mis felicitaciones. Mi intuición es que, producto de nuestros sesgos, tendemos a atribuirlas casi automáticamente a mujeres. Basta preguntar: “¿Cómo están tus hijos, qué es de tus papás o de tus abuelos, o tú puedes trabajar de manera remota?”, para que la conversación derive rápidamente hacia los pequeños puntos de crisis que aparecen en cada uno de estos frentes.
Con alguna probabilidad, en muchos años más, estas frases se repartirán entre hombres y mujeres que viven el día a día de estas tareas. En ese momento la corresponsabilidad se habrá hecho realidad. Pero aún queda mucho.
En Chile, cerca del 20% del PIB ampliado corresponde a trabajo doméstico y de cuidados no remunerado: una parte sustantiva de la economía que ocurre, silenciosamente, dentro de los hogares y se mantiene en el ámbito de lo privado. En 2024, más del 65% de ese trabajo lo realizaron mujeres, muchas veces sin apoyo de otros adultos y sacrificando opciones de desarrollo profesional y personal (Comunidad Mujer, 2025).
Durante demasiado tiempo hemos tratado los cuidados como un asunto doméstico que cada familia resuelve como puede. Pero cuando millones de horas de trabajo no remunerado sostienen la economía, deja de ser un problema privado y pasa a ser un desafío estructural que define oportunidades, ingresos y bienestar.
Tal vez el cambio empiece cuando dejemos de pensar en los cuidados como una carga femenina y empecemos a verlos como lo que realmente son: una tarea social imprescindible. Porque mientras el cuidado siga recayendo mayoritariamente en las mujeres, no solo ellas estarán pagando el costo; también lo estará pagando el país.
No se trata solo de una discusión sobre equidad. Es también una cuestión económica y demográfica que ya está tensionando la vida cotidiana de miles de personas y familias. Si queremos una sociedad donde más mujeres puedan trabajar, donde los adultos mayores vivan con dignidad y donde las familias puedan organizarse mejor, necesitamos avanzar en políticas que reconozcan el cuidado como una responsabilidad compartida.
La corresponsabilidad se construye en la casa, en las empresas y en nuestras propias decisiones cotidianas. El día en que esas frases del inicio se escuchen con la misma naturalidad en boca de hombres y mujeres, sabremos que empezamos a cerrar una de las brechas más silenciosas —y más costosas— para nuestro país.